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Costa Rica, Sábado 9 de agosto de 2008

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Luis Mesalles | lmesalles@academiaca.or.cr

letras de cambio

economista

Vuelve a salir a flote la idea de una reforma tributaria. Así se deduce de la entrevista al presidente Arias publicada en este diario el lunes pasado. Cuando se le preguntó qué se podía hacer para reducir la pobreza, contestó que el Estado debe ser poderoso y que para eso requiere recursos, para paliar el efecto de la crisis sobre los más humildes.

El presidente Arias pone como ejemplo a Brasil, el cual tiene una carga tributaria de “país rico”, equivalente al 36% de la producción nacional. En comparación, los impuestos que el Gobierno de Costa Rica recauda representan un 15% de la producción (o poco más del 20% si se incluyen las cifras de la CCSS). O sea, el mensaje pareciera ser que, para que nuestro país pueda luchar adecuadamente contra la pobreza, debería duplicar los impuestos que recauda. Pero eso tiene un problema. Brasil no es un buen ejemplo a seguir en el tema de lucha contra la pobreza o disminución de las desigualdades. Uno de cada tres brasileños se considera pobre, y la diferencia de ingresos entre los más ricos y los más pobres de Brasil es una de las más altas de América Latina. En comparación, uno de cada 5 costarricenses es pobre y tenemos uno de los índices de desigualdad más bajos de la región (aunque sigue siendo alta).

Una mayor recaudación de impuestos no necesariamente asegura que la lucha contra la pobreza será mejor. Mucho dependerá de en qué se gastan esos impuestos. Por ejemplo, Costa Rica y Brasil gastan parecido en lo que se llama gasto social (que incluye el gasto en educación, seguridad y asistencia social), según cifras de la Cepal. Eso significa que el resto de los impuestos que recauda el Gobierno se gastan en otros rubros, que pueden, o no, estar ayudando a aliviar los problemas que enfrentan los más pobres. Es más, muchas veces las acciones del Gobierno, lejos de ayudar a mejorar la distribución del ingreso, la empeoran y benefician más a los ricos que a los pobres.

El otro tema importante es la eficiencia con que el Gobierno utiliza los pocos recursos que tiene. Muchas veces, con muy poco se puede hacer mucho, mientras que otras veces con mucho se hace muy poco. Y por eso a veces cuesta mucho que los Gobiernos convenzan a los ciudadanos de pagar más impuestos. La reacción de muchos es: “¿Para qué? Si, de por sí, me quitan la plata a mí, solo para malgastarla o para que sirva de mesa gallega de los políticos”. La voluntad de pago de los ciudadanos depende mucho de lo que reciben a cambio, en mejores servicios, mejores condiciones de vida y mayor bienestar. Por eso, si bien puede ser cierto que el Estado requiere más recursos para ayudar a los más pobres, debería también revisar cuán bien se está gastando lo que ya recauda.

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