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Costa Rica, Lunes 4 de agosto de 2008

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Julio Rodríguez | envela@nacion.com

En Vela

Finalizó con honores patrios la jornada fervorosa e intrépida de la romería a la basílica de la Virgen de los Ángeles, patrona de Costa Rica, el 1.° de agosto, y su remate, al día siguiente, la gran fecha, con la misa concelebrada: devoción, orden, seguridad, respeto. Otro hito nacional.

En la retina, una larga y nutrida caravana desde los lugares más apartados del territorio. Y en el oído, testimonios épicos de los romeros, el sermón del obispo de Tilarán, Mons. Girardi, el mensaje de la primera vicepresidenta de la República, Laura Chinchilla, y, de labios de esta, una oración a distancia del presidente de la República, Óscar Arias. Nada faltó, excepto, en las palabras del representante de la Iglesia Católica y del presidente Arias, una referencia obligada.

En estas dos exposiciones, del obispo y del gobernante, afloraron las inevitables cuestiones sobre el amor, la justicia social, los pobres y otras de igual corte, pero cuán grato habría sido pedirle perdón a Dios, en medio del júbilo de la celebración y las heridas que han lacerado el cuerpo de nuestra patria, desde el Estado y desde la Iglesia, por las faltas cometidas. A la Virgen de los Ángeles le hubiera gustado mucho pues la humildad, siendo ella la mujer incomparable, madre de Jesús, madre de Dios, fue su característica.

El poder, todo poder, como acto de servicio, debe regirse por la humildad para que sea verdadero y humano. La misma humildad con que los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI reconocieron públicamente los pecados de la Iglesia, pidieron perdón y juraron exigir una rectificación total. La humildad es verdad y su proclamación potencia la fe y recupera la confianza. Sin ella, sin el reconocimiento de las propias culpas, sin poses ni segundas intenciones, toda prédica suena un poco falsa.

Oportuno fue el símil de la Primera Vicepresidenta de la romería, dura, sudorosa, sacrificada, con la cuesta empinada que nos espera, con las vacas flacas que, a duras penas, podrán pastar. Una romería comienza con un acto de humildad, por parte del caminante o romero que reconoce su pequeñez, al ponerse en marcha, y, a la vez, con la convicción de su grandeza, por el elevado fin que persigue.

Este no es un sermón. La cuesta que viene es empinada y no podemos saber cuáles y cuántas son sus derivaciones, trampas y desviaciones, a sabiendas, además, de que la historia, tan benevolente con nosotros, no nos ha preparado para las crisis. Vale la pena, entonces, entonar un sonoro “mea culpa” –perdón, perdón, perdón– desde lo alto de todos los poderes…

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