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PolígonoFernando Durán Ayanegui | ferduraya@racsa.co.cr |
químico
En 1889 nace en Ucrania la hija legítima de un oscuro noble petersburgués, oficial de la armada rusa, de apellido Gorenko. La niña llegó a ser mundialmente conocida como Anna Ajmátova, no porque ella tuviera algo en contra del apellido paterno, sino porque cuando el padre supo que a la joven de 17 años le publicarían unos poemas en una revista, le dijo que, si bien él no tenía nada en contra de sus inclinaciones literarias, le pedía que, con el fin de “no manchar un nombre respetado”, se ocultara detrás de un seudónimo. Para guardar la armonía familiar, la joven poetisa se sometió y adoptó como patronímico el nombre de un antepasado materno, el khan tártaro Ajmat, a su vez descendiente de Gengis Khan. No deja de extrañar que el nombre de una noble familia tártara fuera menos “respetado” que el de una familia noble rusa, pero eso es algo que deviene irrelevante una vez sabido que, al morir en 1956, Anna Ajmátova ya era considerada una de las más importantes voces poéticas de la lengua rusa. El mismo Stalin la admiró y, paradójicamente, la persiguió con ensañamiento.
La solicitud paterna que cambió el nombre de la escritora tuvo lugar allá por 1906 y es de suponer que en aquella época algo semejante podía acontecer en cualquier otro país de Europa o América. Pero los tiempos cambian y en nuestros días no esperaríamos, normalmente, que padre alguno le exigiera a una hija inclinada a la literatura o a cualquier otra actividad profesional, científica o artística ocultar su nombre por razones de “respetabilidad” familiar. En un país como el nuestro, el chador vocacional de las mujeres ha ido cayendo en desuso y nos va espléndidamente con la influencia y la importancia crecientes de la mujer en nuestras letras. De igual modo, deben complacernos los avances que ha experimentado nuestra sociedad en lo tocante al estímulo y al aprovechamiento del gran potencial del genio femenino en todos los campos del saber y del quehacer. Ciertamente, estamos muy lejos de la igualdad ideal, pero podemos sentirnos seguros de que en ese ámbito el avance es incontenible.
Pese a todo cabe una duda en cuanto a este deseable cuadro de libertad vocacional. ¿No nos sentiríamos todavía mejor si tuviéramos la certeza de que la gran aspiración de la mayoría de las jóvenes costarricenses no es ejercer la pasarela turística sino la medicina, las ingenierías, las artes plásticas, escénicas o literarias, las ciencias socia- les, las ciencias naturales, o los deportes profesionales? Tal vez de ese modo no se correría el riego de ver surgir entre nosotros toda una nueva clase de señores Gorenko.
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