Costa Rica, Martes 29 de abril de 2008

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Jorge Guardia | jguardia@nacion.com

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abogado-economista

Los liberales del mundo están dando una batalla por racionalizar el precio de los alimentos, defender la libertad y libre mercado, y velar por los consumidores. Pero son atacados simultáneamente por la izquierda y la derecha. Yo soy liberal.

Aquí, la izquierda exige no confiar más en el mercado; según ella, los altos precios solo responden a la especulación. Y en su habitual hipocresía guardan silencio sobre el efecto devastador de la demanda de granos básicos para producir etanol, estimado en un 30% por el FMI. En eso, van de la mano de sus primos hermanos, los ambientalistas. Juntos abogan por más intervención estatal. Y juntos maldicen al mercado (y al Fondo) por su racionalidad. Yo trabajé en el FMI.

La derecha también aboga furiosamente por más intervención. Pero en vez del pueblo, como la izquierda climatizada, rescatan la presión del productor americano: que el Estado intervenga –yes, yes, yes! – para asegurar nuestro alimento. En sus desvaríos, dicen que la seguridad alimentaria exige no desmantelar la producción agrícola ante la seducción de mejores precios de frontera en tiempos de vacas gordas, porque eran, y son (como toda seducción) pasajeros. Y en su habitual hipocresía ignoran el costo histórico de la protección, para los pobres. Yo sigo siendo liberal, en las gordas y en las flacas.

Me gustó la defensa de la libertad en The Economist anterior y la cascada de reflexiones en el Financial Times este fin de semana. Abogan por eliminar subsidios y distorsiones mundiales para dar respuesta a la hambruna. El director de la CNUCED, Supachi Panichpakdi, pidió concretar la Ronda de Doha para abortar barreras agrícolas, sobre todo en países ricos. Gordon Brown en Inglaterra cuestionó los biocombustibles, y hasta el grupo ambientalistaFriends of the Hearth pidió suspenderlos. Bravo por ese ambientalismo renovado.

En nuestro medio, Telmo Vargas y Luis Mesalles dieron la cara. Yo hago mías sus palabras y agrego mi propia visión: la demanda mundial de alimentos cambió. China e India, con mayores ingresos, ahora comen más. Y con derecho. Eso mantendrá altos los precios. Nuestros productores podrán aprovecharlos si mejoran su productividad, sin subsidios ni aranceles a la competencia. Pero los precios también han subido por la demanda mundial para producir biocombustibles. Y, como las tierras productivas son escasas, seguir por esa vía hará la vida insoportable para los pobres. Conclusión: tratar corregir las “externalidades” del petróleo con una distorsión mayor podría –quizás– morigerar el clima. Pero terminaría congelando el paladar de los pobres. Literalmente.

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