La columna de Barraza
Futbol inglés, producto de exportación
Buenos Aires
Sábado de mañana, futbol inglés en su máxima expresión; clima de fiesta total. Hay choque de trenes: se topan primero y segundo de la Premier League.
Estadio colmado y tribunas exultantes; adentro, técnica, combate, sudor, tensión, dinámica, fiereza, emoción y hasta esos encontrones y discusiones que le agregan pimienta al áspero duelo.
Homérica batalla. Todo lo que uno puede reclamarle a un partido lo tuvo Chelsea 2-Manchester United 1, convertido ya en un neoclásico. Era el partido del año. Y superó con amplitud el severo examen de la expectativa. ¡Qué espectáculo! ¡Qué ardor! ¡Cuánta adrenalina y virilidad!
Diferencias. Llegaron al juego en condiciones que agigantaron el interés: Manchester 81 puntos, Chelsea 78. Éste último, local en Londres. Como llevaba 3 puntos de ventaja y mejor diferencia de gol, Alex Ferguson guardó a Cristiano Ronaldo, Tevez, Scholes y Evra para las semifinales de la Champions ante el Barcelona. Dada su imperiosa necesidad de llegar a la cima, Chelsea fue con los titulares, a pesar de estar también en las semis de Europa.
Infartante final. A dos fechas del final, Chelsea igualó la línea de vanguardia. Merecieron la victoria los azules de Stamfordbrige. Se les escurría por un gravísimo fallo del portugués Carvalho (un pegador y poco más). Tiró hacia atrás sin mirar y dio un pase increíble a Rooney. Lo dejó solo con el arquero y el tanque definió seguro: 1-1.
Enorme gesto. Tozudo, Chelsea insistió y a los 85’ pasó al frente mediante un penal de Ballack, autor también del primero con su especialidad: el cabezazo. Lo sublime llegó tras una insólita pelea entre Ballack y Drogba por la ejecución de un tiro libre (hasta se empujaron y finalmente remató el marfileño). Cuando Ballack marcó el segundo gol, Drogba fue a buscar al alemán y ambos se abrazaron efusivamente, sepultando la ofuscación previa. Moraleja: el triunfo del equipo estaba por encima de las ambiciones personales.
Estilo frontal. No hay poesía en los campos británicos, no se ven allí gambetas ni malabares a la sudamericana. Es otro concepto de futbol, tal vez no exquisito, aunque también atractivo, pues la belleza tiene rostros diversos. Hay toneladas de calidad en ambos planteles, sólo que se juega de otro modo. Sobra músculo, concentración, lucha. No son futbolistas, sino gladiadores azuzados por el rugido de la masa. El juego mantiene una vigorosa intensidad durante los 95 ó 96 minutos sin bajar un decibel. Tanto ímpetu reduce lucimiento. Lo que se vende es combate, entrega, actitud, energía. Muy seductor también.
Arbitrajes liberales. Se vive al límite del reglamento. Un partido que en Inglaterra termina con dos amonestados, en Sudamérica tendría tres expulsados y diez amarillas. No hay, allá, una aplicación estricta del reglamento. Y eso que las reglas son redactadas por las asociaciones británicas que componen el International Board. Se ven entradas durísimas y no pasa nada; es el reino del “siga, siga”. El árbitro reconviene, no saca tarjeta fácilmente. Así, el juego gana en continuidad.
Nadie chista. Se respetan más que aquí las decisiones referiles. Lo del Fair Play es relativo, un patadón desde atrás es un patadón desde atrás. En Londres y en Estambul. Claro, el que pegó luego le da mano al rival y lo ayuda a levantarse. No hay protestas.
Y cuando termina el juego, cada uno a su casa. No hay lugar para pusilánimes. La condición esencial para arribar a la Liga Inglesa es el carácter. La política de contrataciones del Manchester se basa primordialmente en eso. Quien no tiene el espíritu templado no puede jugar allí.
En la cima. El planeta entero admiró por televisión este combate de leones. Superando abiertamente a los torneos de Italia, España o Alemania, la Premier se ha convertido en un apetecible manjar de exportación para todos los públicos. Como Los Beatles, el té o las prendas de lana tejida, el futbol de la rubia Albion conquista los mercados de ultramar.
Cómo crear el producto. Primero erradicaron a los hooligans , luego remodelaron los coquetos pero antiguos estadios, más tarde comenzaron a contratar figuras extranjeras. Y le imprimieron a todo el exquisito toque británico. Total: un bocado delicioso envuelto en una fina lata de galletas.
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