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Carlos Alberto Montaner | *www.firmaspress.com@nacion.com |
Entre la Teología de la Liberación y el infierno
periodista
Se llama Fernando Lugo y transmite la imagen de una buena persona genuinamente preocupada por las calamidades que padecen sus compatriotas paraguayos. Es la primera vez que un sacerdote llega a la presidencia de un país latinoamericano. Se trata, además, de un exobispo. ¿Cuáles son esas calamidades? Fundamentalmente, la pobreza de una buena parte de la sociedad. Paraguay es, tras Bolivia, el país más pobre de Sudamérica. Su per cápita, medido en poder adquisitivo –que es la manera más justa de calibrarlo– apenas alcanza los cuatro mil dólares anuales. La mitad del que tiene el vecino brasilero. La tercera parte del argentino.
El señor Lugo también ha denunciado algunas de las causas de los males paraguayos. Piensa que las peores son la corrupción y el clientelismo. Probablemente acierta. De acuerdo con las mediciones de Transparencia Internacional divulgadas en 2007, Paraguay es uno de los países más corruptos del mundo: nada menos que el 138. En la escala de 1 a 10, donde 10 es el más honrado y 1 el más corrupto, los pobres paraguayos sufren un índice de corrupción de 2,4.
En América Latina solo están más podridos Ecuador (2,1) y la Venezuela (2,0) de Hugo Chávez, que es la cueva de Alí Babá, pero con cuarenta mil ladrones que han cambiado los camellos por los Hummer.
Dato pavoroso. En realidad, todos los análisis coinciden en el mismo melancólico diagnóstico. En Paraguay no hay rendición de cuentas, no funciona la justicia, y la calidad de la gerencia oficial y de las políticas públicas es lamentable. ¿Resultado? Un divorcio total entre la sociedad y el Estado. Ruptura que explica otro dato pavoroso: de acuerdo con el último Latinobarómetro solo el 33% de los paraguayos cree que la democracia es la mejor forma de gobierno, mientras el 36% apoyaría sin ninguna vergüenza una aventura autoritaria.
Ese estado de frustración es la consecuencia natural de los 61 años de mal gobierno del Partido Colorado, pero sin olvidar que durante ese larguísimo periodo –que incluye los 35 años de palo y tentetieso del general Stroessner– esta formación política recibió el apoyo de una parte sustancial del pueblo paraguayo. Incluso, en estas últimas elecciones, el señor Lugo pudo ganar con el 40% de los votos porque sus rivales colorados acudieron amargamente escindidos en dos vertientes que recibieron el 30 y el 21, respectivamente.
Los paraguayos, pues, no solo han sido las víctimas de los malos gobernantes colorados: también han sido sus cómplices, dato que no debe escandalizarnos. Ocurre en todos los Estados donde prevalecen las relaciones clientelistas.
En ellos el poder político se convierte en la gran fuente dispensadora de riquezas, privilegios, empleos públicos y prestigio social, o, por la otra punta, deviene en la mano que castiga, despoja o persigue a sus adversarios. Por eso los gobiernos clientelistas (pregúntenles a los argenti- nos por el peronismo) tienen tantos partidarios.
Ideas equivocadas. Lamentablemente, el presidente Lugo, tan certero en la identificación de los males que aquejan al país, se propone corregirlos con las ideas equivocadas. Se ha declarado seguidor de la Teología de la Liberación, una disparatada receta económica y filosófica puesta en circulación en 1971 por el sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez. ¿Quién era este autor? Un buen hombre, poco educado en cuestiones económicas, que le atribuía la pobreza de los latinoamericanos a la perfidia del capitalismo y a los designios malvados de las naciones prósperas del mundo desarrollado, centro sin entrañas que le había asignado a las sociedades de la periferia el triste papel de suminis- tradoras de materias primas, un perverso atropello que justificaba precisamente el recurso a la insurrección y explicaba la admiración de Gutiérrez y sus seguidores por la dictadura cubana y por la violencia revolucionaria guevarista.
Los buenos guías. Es una lástima que D. Fernando Lugo haya optado por Gustavo Gutiérrez, tan absolutamente descaminado, en lugar de leer con cuidado al teólogo católico americano Michael Novak, consejero de Juan Pablo II y autor de El espíritu del capitalismo democrático . Es triste que haya perdido inútilmente su tiempo con la Teoría de la Dependencia (el absurdo conceptual detrás de la Teología de la Liberación), en vez de acercarse a otro sacerdote realmente ilustrado, al padre Robert Sirico, quien desde su Acton Institute, en Michigan, dedica todas sus energías a educar a los sacerdotes y creyentes católicos en los elementos básicos de la economía moderna, para que no diseminen disparates que agraven los enormes problemas que padecen los pobres a los que, paradójicamente, pretenden ayudar.
Ahora que el exobispo Lugo está a punto de convertirse en presidente es bueno que medite sobre la responsabilidad que ha contraído. Es verdad que los colorados gobernaron rematadamente mal durante muchas décadas, pero, si él toma el camino equivocado, inevitablemente va a empeorar la existencia de sus compatriotas. Un desenlace imperdo- nable para alguien que se ha pasado la vida predicando sinceramente la importancia de la compasión.
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