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Julio Rodríguez | envela@nacion.com |
En Vela
Bueno, terminó la huelga. Los estudiantes de secundaria, tras tres semanas sin clases, retornarán a las aulas. Luego, comenzará, de nuevo, cualquier día, el ciclo: se declararán otras huelgas y los estudiantes volverán a ser tomados como medios, instrumentos o rehenes. Y los defensores de los derechos de la niñez y de la adolescencia volverán a guardar silencio. No es de buen tono, al parecer, oponerse a los grupos de presión. ¿Por qué no establecer, entonces, un sistema civilizado para dialogar y evitar las vías de hecho, máxime en educación?
La pérdida de tres semanas de clases equivale, en el orden físico, a tres semanas sin comer. Aquellas se recuperarán a la tica, según dicen, con clases extras o fotocopias. Algo así como entregarles a los que no han comido una receta de cocina o hacerles engullir, en unos días, la comida de tres semanas. No faltan, por supuesto, los profesores responsables, que honran la profesión, pero bien sabemos que la responsabilidad no es el valor ético más extendido en Costa Rica, donde, además, la supervisión y la sanción son monedas escasas. La reacción de no pocos padres de familia suele ser, tras estos vaivenes, hacer un sacrificio y matricular a sus hijos en un colegio privado.
La educación pública y la privada son necesarias e hijas de la libertad. Sin embargo, si se escinden, en cuanto a calidad y tiempo, la democracia peligra. La mala educación nos roba el porvenir y la esperanza. No se debe, por ello, jugar con el tiempo de clases de los alumnos y ya, en las aulas, no se debe jugar con la calidad de la enseñanza, la cual supone el saber del profesor y el aprender del alumno. Esta es la demanda esencial: aprender y regresar, cada día, a la casa más nutrido y vigoroso que al salir. El alumno y sus padres tienen el derecho supremo de exigir conocimientos y del profesor, dominio de la materia y capacidad para transmitirla. Se recuerda a los grandes maestros, en todos los niveles del proceso, por su saber y su conducta, y se desprecia a los manipuladores.
La leyenda de Epimeteo y Prometeo nos enseñan que el hombre no tiene nada, ni colmillos ni garras, pero sí un cerebro y medios para transmitir la cultura. No nos hace grandes la repetición de un reflejo preciso, sino nuestra capacidad de reflexión, de comparación, de deducción, de lenguaje y, sobre todo, de transmisión. Lo dice un gran educador. ¿Cuánto hace que andamos lidiando con estas carencias?
La educación –la excelente– vence la pobreza. La otra engaña y empobrece. ¿Sociedad del conocimiento? ¿Lo será si a los estudiantes, sobre todo a los más pobres, se les arrebata el tiempo y, en las aulas, se desdeña el conocimiento?
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