Costa Rica, Miércoles 23 de abril de 2008

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Eduardo Ulibarri

El comercio como víctima

 La campaña de EE. UU. es un pésimo entorno para los TLC

Periodista

Los procesos electorales estadounidenses nunca han sido buenos aliados del comercio internacional. En el actual, la situación se ha vuelto particularmente crítica, sobre todo en el campo demócrata. Si no, que lo digan los mexicanos y canadienses; los chinos o los indios; pero, sobre todo, los colombianos

Hace dos años, Colombia y Estados Unidos firmaron un tratado de libre comercio (TLC) que, en esencia, consolida jurídicamente las ventajas que ya tienen los productos colombianos para ingresar al mercado estadounidense, a cambio de reciprocidad para los de su contraparte.

En Bogotá, la ratificación fue casi inmediata, por una razón muy clara: la garantía de acceso a su mayor socio comercial impulsará las inversiones, las exportaciones y el empleo; por ende, dará mayor ímpetu al desarrollo del país.

En Washington, el proceso está paralizado y corre el riesgo de colapsar, pese a sus múltiples beneficios. El más directo es que el 80% de las exportaciones originadas en Estados Unidos ingresarán de inmediato a Colombia sin pagar aranceles.

Y, aunque este mercado es relativamente pequeño a escala global, el año pasado 9.000 compañías estadounidenses le vendieron $8.600 millones, suma nada despreciable.

Peligrosa miopía. Pero las razones políticas y simbólicas que justifican la ratificación son aún más importantes:

• El Gobierno de Álvaro Uribe es su principal aliado en Sudamérica, constituye una barrera frente a Hugo Chávez, ha asestado fuertes golpes al narcotráfico y está derrotando a las FARC. Para consolidar esta ruta, necesita desarrollo económico, y este depende, entre otras cosas, de más comercio e inversión.

• Frustrar este TLC reforzaría la noción de que Estados Unidos tiene un miope concepto de su seguridad y liderazgo, y que no se preocupa de forma integral por el hemisferio, algo particularmente grave frente al populismo autoritario que campea por la región.

• Con las negociaciones de la llamada “ronda de Doha” sobre comercio mundial en estado calamitoso, el “sí” definitivo al tratado les daría una necesaria inyección de oxígeno; el “no” o la incertidumbre, un empujón más hacia el fracaso definitivo.

Es decir, la lógica política y económica, así como claras razones de interés nacional, deberían haber conducido a un apoyo bipartidista a la ratificación del TLC con Colombia y a otras decisiones en pro del comercio internacional. Sin embargo, el acuerdo se ha convertido en blanco del Partido Demócrata.

Intereses y emociones. No es que sus principales líderes desconozcan la importancia del tratado y del libre comercio en general. El problema es que necesitan el apoyo de las principales confederaciones sindicales, que lo adversan, para movilizar votantes en las primarias del partido y en las elecciones generales. Además, mucha gente atribuyen, simplistamente, la pérdida de empleos a los productos o salarios más baratos de China, México, India o Colombia.

Por esto cuando, a principios de mes, el presidente George W. Bush envió el texto del TLC al Congreso, Nancy Pelosi, speaker demócrata de la Cámara Baja, se valió de un artilugio para eliminar el plazo de votación. Por esto también, tanto Hillary Clinton como Barack Obama han censurado el acuerdo votaron contra el TLC con Centroamérica.

Ambos aspirantes han llegado al extremo de cuestionar el tratado con México y Canadá (NAFTA, por sus siglas en inglés), que durante 14 años de vigencia ha más que triplicado el comercio entre los tres países, con claros beneficios para las inversiones mutuas, el empleo y el crecimiento económico.

Falacias argumentales. Para frenar el TLC con Colombia, se ha forjado una alianza de sectores proteccionistas, en especial sindicales, con grupos de derechos humanos. Su principal exigencia es que, como requisito mínimo para la ratificación, el Gobierno colombiano debe evitar los asesinatos de dirigentes obreros.

El objetivo es totalmente legítimo, pero descansa sobre dos argumentos falaces: primero, proporcionalmente, han sido asesinados menos sindicalistas que otros ciudadanos; segundo, el tratado, al propiciar un mayor desarrollo, ayudará a combatir la violencia y mejorar las condiciones laborales.

Lástima que en las campañas electorales se debata muy poco alrededor de razones y mucho en torno a emociones e intereses. De aquí que, aunque el candidato republicano, John Mc Cain, los principales dirigentes de su partido y varios otros demócratas sí tienen una actitud favorable al tratado, difícilmente arriesgarán capital político para impulsarlo.

Por esto, la batalla está hoy, casi exclusivamente, sobre los hombros del gobierno de Bush. Si fracasa –como es posible–, las consecuencias serán en extremo negativas para Colombia, pero, también, para el liderazgo de Estados Unidos y para el comercio internacional.

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