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EDITORIAL |
El valor de lo humano
El viaje de Benedicto XVI a EE. UU. dio razones esenciales para mantener viva la esperanza
Su exaltación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos esbozó un nuevo punto de partida
Claro y categórico, inteligente, prudente, muy ecuménico y, a veces, hasta osado. Así se comportó Benedicto XVI en su visita a EE. UU. , que cuenta con 45 millones de latinoamericanos y 70 millones de católicos, el 23,9% de una población de 300 millones fuertemente cristiana. Dijo cuanto tenía que decir y lo dijo bien, con respeto y sin evasivas. El eco fuerte de su mensaje caló hondo, como ha quedado inscrito en las reacciones de creyentes y no creyentes. Fue una palabra necesaria en medio de sórdidos ambientes, en los más diversos niveles en el mundo, de modo preocupante y decepcionante en demasía, aun en instancias eclesiásticas.
Desde la llegada al aeropuerto militar Andrews, las expectativas del viaje se fueron ampliando y las barreras fueron cediendo. Sin el carisma mediático de su antecesor, sobresalió por su hondura doctrinaria, reconocida mundialmente, y su lenguaje limpio y directo. Ante el presidente Bush, el Papa expuso de entrada el carácter de su visita: portar el evangelio y mostrarlo con gran respeto de cara a una sociedad enormemente plural, en defensa del ser humano y de sus derechos, así como de la libertad fundada en la verdad.
Intenso fue el encuentro del Papa con los obispos norteamericanos. Luego de un repaso histórico preciso, profundizó en el materialismo, al mal uso de la libertad, la crisis de la familia y, de nuevo, externó su dolor por los abusos de menores de parte de sacerdotes y obispos. Actos generadores de “profunda vergüenza”, como afirmó, actos gravemente inmorales que de ninguna manera debían reproducirse en el futuro. De “pésima” calificó el Papa la manera en que algunos de esos escándalos se manejaron y contribuyeron a empeorar una situación de suyo delicada. Su encuentro personal con un grupo de las víctimas de esos mismos abusos dejó honda huella. Un modo de proceder directo y transparente, que, lamentablemente, aun algunos responsables de la Iglesia no logran imitar del todo en asuntos mucho menos escabrosos. Este encuentro y el sostenido en la Zona Cero en Nueva York resaltaron la grandeza de lo humano sobre toda otra consideración.
En el National Stadium de Washington , durante una misa multitudinaria, el Papa insistió en el tema de la esperanza de cara al porvenir, y con los líderes religiosos exaltó el ideal de comunión, destacando algunos frentes comunes de lucha: la centralidad de la vida humana y su dignidad, lo mismo que la cuestión decisiva del compromiso a favor de la paz. El Papa remató la misa en español, como acto de solidaridad con los derechos y la dignidad de la inmigración de habla hispana, profundamente católica.
El discurso de Benedicto XVI ante la ONU, con motivo del 60.º aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, fue un momento relevante en la visita papal. Abogó por soluciones colectivas a los grandes problemas (“las cuestiones de seguridad, los objetivos de desarrollo, las reducciones de las desigualdades locales y globales, la protección del entorno, de los recursos y del clima”), defendió la “universalidad, la indivisibilidad y la interdependencia” de los derechos humanos e insistió en la necesidad de las soluciones multilaterales para los grandes problemas del mundo, evitando dejar a los países poderosos la última palabra al respecto. Planteó, asimismo, el deber de la comunidad internacional de cara a la solidaridad y a la defensa de los derechos de todos los pueblos. Su mensaje ofreció claves de singular claridad para todo aquel que quiera y pueda aportar lo propio para construir un orden mundial diferente.
Su encuentro en la sinagoga de Park East, en Nueva York, contribuyó a afianzar las relaciones con la comunidad judía, y su alocución a los 250 representantes de otras confesiones religiosas cristianas, en la que hizo hincapié en la unidad de esperanza y de fe, sin dejar de lado la verdad objetiva, fue un paso esclarecedor en la senda del ecumenismo. En el estadio de béisbol de los Yanquis de Nueva York, ante 60.000 fieles, abogó por la unidad cristocéntrica, en la que deben desembocar los signos externos, las estructuras y los programas.
Las reflexiones sobre este periplo pontificio, que sobrepasó las más entusiastas expectativas, congregarán las más variadas voces. Su vehemente llamado a la esperanza y al espíritu de lucha, en un mundo azotado por crisis de todo signo, y la evocación de la grandeza del ser humano, no obstante las duras pruebas actuales, ha puesto de manifiesto la existencia de principios y de valores que, más allá de las diferencias, nos deben unir para sobrevivir y avanzar. Esos principios, engarzados en la dignidad humana, son los que subyacen en el código ético de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
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