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EDITORIAL |
Alerta por los alimentos
Están en riesgo millones de vidas humanas y los avances contra la pobreza
No basta con acciones inmediatas; se requieren reformas más profundas
Los líderes de los principales organismos financieros multilaterales y de los siete países más industrializados del planeta (G-7) lanzaron el pasado fin de semana una intensa alerta y un urgente llamado. La alerta: el enorme incremento en los precios internacionales de los alimentos está poniendo en riesgo los avances logrados en la lucha contra la pobreza y, peor aún, la propia supervivencia de millones de personas. El llamado: hay que actuar con rapidez para evitar el desastre y crear condiciones para mejorar la situación a mediano y largo plazo.
Tienen razón en ambos casos. Si lanzamos una mirada hacia el pasado muy reciente, la escalada de precios no puede ser más clara. Entre marzo del 2007 y del 2008, los del maíz han subido un 31%; los del arroz, un 74%; los de la soya, un 87%; mientras que los precios del trigo se han elevado nada menos que en un 130%. Para quienes ni siquiera tienen ingresos suficientes para adquirir sus alimentos, estos incrementos pueden marcar la diferencia entre la vida y la muerte; para otros, entre estar por encima o por debajo de la línea de pobreza; además, inciden en el nivel general de precios y, por tanto, encarecen el costo de la vida.
Las alzas son históricamente inéditas, tanto por su magnitud como por su origen. Al contrario de incrementos previos, en este caso el cambio no se debe a una reducción de la oferta, que más bien se ha incrementado, sino a un fortísimo crecimiento de la demanda, combinada con desacertadas decisiones económicas de varios gobiernos, que han exacerbado el problema.
Paradójicamente, el crecimiento económico de varios países, así como el éxito en el combate mundial contra la pobreza son parte de los disparadores de precios, al incrementar la demanda. Por ejemplo, el consumo de granos en China e India, sea para consumo humano, o para alimentar animales que producen carne, ha crecido a niveles hace poco insospechados; en proporciones más modestas, lo mismo ha ocurrido en casi todas las naciones en desarrollo. Esto, sin embargo, es apenas un componente. Porque el factor que más peso ha tenido, y de una forma casi súbita, es la producción de etanol para sustituir, en parte, el consumo de petróleo como combustible, debido a los altos precios alcanzados por los hidrocarburos. El mayor impacto proviene de Estados Unidos, con un serio agravante: al contrario de Brasil, Costa Rica y otros países tropicales, donde el etanol se obtiene de caña de azúcar, los estadounidenses lo producen con maíz, grano básico para la dieta humana y animal.
No habría nada que criticarle a Estados Unidos si este cambio solo respondiera a realidades de mercado. Sin embargo, existen, al menos, dos enormes distorsiones: los subsidios estadounidenses para la producción de etanol, y los impuestos sumamente elevados para el que se importa del resto del mundo (como el brasileño).
Sin embargo, los efectos perversos de políticas mal orientadas van más allá de esta medida y de Estados Unidos. Incluyen, por ejemplo, los controles y los impuestos a las exportaciones de granos, que encarecen artificialmente el producto y distorsionan el mercado (ejemplo: Argentina); la fijación de precios arbitrariamente bajos para la producción dirigida al mercado interno, que desestimula la producción (ejemplo: Venezuela y Rusia), y la poca inversión que, durante años, se ha dirigido hacia la agricultura, en gran medida debido a las enormes distorsiones que existen en el comercio internacional de sus productos.
La urgencia es un paquete de ayuda inmediata, como el propuesto por el Banco Mundial, para atender las necesidades impostergables de las poblaciones en riesgo de hambruna. Para esto último, basta con buen financiamiento y adecuada logística. Pero el equilibrio en el mercado, que es la base para cualquier solución permanente ante el crecimiento de la demanda, pasa por un examen completo de las políticas agrícolas, que conduzca, al menos, a tres líneas de acción indispensables: generar un mercado internacional de alimentos sin las enormes distorsiones que hoy lo afectan, debido a subsidios, proteccionismo, cuotas y controles; estimular la investigación y la inversión en el desarrollo de otros tipos de biocombustibles y de otras modalidades de energía, y crear condiciones para una mejor y más eficiente producción agrícola en los países no desarrollados. Ninguna de estas medidas tendrá efectos mágicos inmediatos, pero, sin ellas, no habrá una solución estable.
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