Costa Rica, Viernes 18 de abril de 2008

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Julio Rodríguez | envela@nacion.com

En Vela

Otro conductor desalmado –pero, con alma– nos desnuda. La vida en sociedad o la convivencia humana, según algunos, solo tiene un actor: el Estado, persona jurídica. Las personas físicas, nosotros, los de carne y hueso, libres y racionales, dotados de memoria y voluntad, somos solo unas comparsas, críticos implacables del Estado, eso sí, pero sin responsabilidad ni obligaciones.

Andrea Saborío Alfaro, de 24 años, murió, el miércoles pasado, aplastada por un furgón o, mejor dicho, por el conductor de un furgón, el monstruo de nuestras carreteras. El furgón venía sobrecargado de bananos por una calle concurrida de Moravia. ¡Qué importa! Eso resulta ser lo normal en nuestro país. La gente es secundaria. Solamente somos consumidores y fichas o números en algún anaquel. El chofer, al doblar en una esquina, se montó sobre la acera sin importarle la gente. Esto también es normal. Y volcó.

Un conductor debe conducir, esto es, guiar y dirigir hacia un lugar. No matar. Pero, obviamente, cuando se tienen atestados como los de este chofer del furgón, se mata. Dicho “conductor” exhibe un total de 110 infracciones, entre enero de 1996 y el 2007. Acumula 16 condenas pendientes de pago (¢16.000), 42 condenas canceladas (¢268.000), 14 casos pendientes (¢50.530), 34 casos prescritos (¢254.000) y 4 casos absueltos. Y como colofón: las llantas lisas, la licencia vencida y sin revisión técnica. Sin duda alguna, un récord mundial para él y para el Estado costarricense, y, como tal, un filón turístico maravilloso, junto con nuestro Estado solidario…

Este no es un ejemplar único. Esta irresponsabilidad e impunidad es, al parecer, la norma común en diversos sectores y actividades del país. Repasemos las informaciones sobre permisos de construcción, los desafueros de una legión de notarios o el incumplimiento de las normas ambientales. Apenas para comenzar. Costa Rica no es, al parecer, “una República democrática, libre e independiente (art. 1.° de la Constitución Política), sino una República anómica.

Un autor define la anomia como ausencia de ley o de organización. Según Durkheim, es una especie de desarreglo social, que rompe o descompone la cohesión o la solidaridad orgánica de una sociedad. El individuo se encuentra abandonado a sí mismo, sin ley, ni referencias, sin límites ni parapetos. Eso lo condena a la angustia, al exceso y a la violencia, o al suicidio. En fin, el “mmporta mí” supremo. A veces, ante esta anomia generalizada, uno se siente tentado de preguntar cuántos gobiernos –de verdad– hemos tenido en las últimas décadas…

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