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Gilberto E. Arce |
Economía del político
Los malos políticos subsisten porque hay tierra fértil
Economista
Es bien sabido que uno de los principales objetivos de un político es maximizar la mayor cantidad de votos a su favor y, en una democracia, esto es lo mejor que puede ocurrir dado que muestra que existe competencia de ideologías por atraer partidarios. Sin embargo, muy pocas veces se piensa en el costo-beneficio para la sociedad de tener un bueno o mal político.
¿Es el mercado de ideologías-electoral tico suficientemente competitivo para, por sí solo, eliminar los efectos negativos para la sociedad que generan las malas decisiones de un político?
Empecemos por reconocer que las campañas políticas locales no se limitan al período establecido por el Tribunal Supremo de Elecciones. El horizonte de planeación de un político es usualmente de largo plazo, a pesar de la excesiva volatilidad que imponen los eventos del día a día; ya que estos pueden hacer que se derrumbe un plan de muchos años (fresco está el caso del cliente número 9 en Nueva York) o, por el contrario, se le catapulte a la cúspide en forma transitoria o permanente.
Buenos y malos políticos. Algunos piensan que la política es solo asunto de la Asamblea Legislativa; sin embargo, es propia de la naturaleza humana en sociedad y opera en las burocracias públicas y privadas, y es el Congreso uno de los lugares físicos del mercado de ideologías-electoral donde concurren con mayor evidencia pública.
Existen, también, buenos y malos políticos. Los más exitosos, según Steven Levitt, de la Universidad de Chicago, son los que tienen algún don especial que les permite aglutinar masas a su alrededor (por ejemplo, carisma). Los menos exitosos (malos políticos) son los que, a pesar de despilfarrar fortunas propias o ajenas, bien habidas o no, fracasan en tener éxito.
Los buenos o malos políticos operan en cualquier ambiente, sea sector público o privado, y en cualquier nivel. El principal problema del mal político (el “bombeta”) es que, en busca de su objetivo, confunde absolutamente lo que es factible o no; es decir, lo que puede o no lograr, dadas sus capacidades. Así, pensará que hará un buen papel en cualquier puesto: desde concejal de distrito hasta jefe de Estado.
Un ejemplo es aquel que es nombrado estratega en el sector turismo cuando en realidad es solo un experto en cuestionados agiotajes. Sin embargo, debido a la red de contactos, este político pagará solo una fracción del costo privado de sus pésimas actuaciones como estratega (dar concesiones a diestro y siniestro, por ejemplo); pero, en general, el costo para la sociedad del daño ecológico asociado a las malas concesiones es irrecuperable.
División del trabajo. La división del trabajo es esencial en cualquier sociedad. Saltar de una posición a otra requiere capacidad, seriedad, mucho esfuerzo y dedica- ción. Por ello, difícilmente encontraremos individuos que puedan desempeñarse exitosamente en disímiles actividades en forma simultánea o secuencial.
No obstante, hoy en día el mal político viaja por el mundo diciendo que es vicepresidente de una institución que promociona el turismo, cuando en realidad solo ocupó una posición de director; mañana, ese mismo individuo es un especialista en olimpismo y pasa a ser miembro de una junta directiva de una especialidad deportiva o de la dirigencia nacional. Luego, presume que escribir unos cuantos panfletos le hace acreedor del puesto de catedrático. Además, cree que pasar al púlpito en un servicio religioso público lo hará acreedor de una silla en un concilio.
Tierra fértil. Peor aún: no da la cara cuando ocupa posiciones de mando y se esconde en las faldas intelectuales de sus subalternos (estudiantes, por ejemplo), que bajo alguna promesa política o amenaza, los convence de escribir (y mal) de lo que él no conoce, nunca aprendió ni entenderá solo por intentar justificar-defender, sin éxito, la posición que con demérito ocupa.
En resumen, en el país los malos políticos subsisten en el incapaz mercado de ideologías-electoral porque hay tierra fértil (mentes ignorantes, omisas u oportu- nistas) donde, con el abono de la fanfarria riqueza-conexiones, crece la semilla de sus lóbregos objetivos con un empobrecedor resultado para la sociedad, pero una buena cosecha para ellos.
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