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EDITORIAL |
Solemne compromiso
El compromiso por la paz de tres poderes del Estado, el 11 de abril pasado, debe encarnarse en resultados
El sentido de solidaridad y de urgencia debe desplazar la lucha contra la inseguridad ciudadana con otras intenciones
El discurso de un niño de sexto grado y el manifiesto sobre la recuperación de la paz, suscrito por el presidente de la República y los presidentes de la Asamblea Legislativa y de la Corte Suprema de Justicia, le confirieron a la celebración del 11 de abril una dimensión especial. La paz y la seguridad de Costa Rica, defendidas hasta el martirio en 1856 y 1857, frente a invasores externos, en el campo militar, se han trasladado, hoy, a la lucha interna contra la inseguridad ciudadana y sus diversas manifestaciones, desatada por agentes locales y externos.
El fenómeno es mundial, alimentado por los más variados factores, que explican, conforme a las circunstancias de cada país, la conjunción de la violencia, el auge delictivo, la criminalidad, el narcotráfico y el narcoterrorismo. Fácil es trazar en esta materia un deslinde de conceptos sobre la inseguridad ciudadana, la seguridad nacional y otros. Lo cierto, sin embargo, es que, en la realidad cotidiana, estos factores se nutren y se interrelacionan, y amenazan los derechos fundamentales de la vida, la integridad física, la propiedad, la libertad de tránsito y otros. Las estadísticas y las informaciones son elocuentes. En nada nos consuela su agravamiento en otros países. El reto consiste en enfrentar a estos adversarios en nuestro país con coraje, decisión y sentido de unidad nacional, como expresó en su discurso Raymond Angulo, estudiante de sexto grado de la Escuela María Vargas Rodríguez, de Ciruelas de Alajuela, el 11 de abril pasado. Una lección para todos los costarricenses, sobre todo para quienes se afanan en confundir y se esfuerzan en pescar en mar revuelto…
La proclama suscrita no resuelve per se estos agudos problemas. Sin embargo, define una posición conjunta, de parte del Estado; señala algunas de las causas principales, orienta al país en un curso de soluciones e invita al debate y a las propuestas críticas y constructivas, en el marco del Estado de derecho y con visión de políticas de Estado que, sin abandonar el combate diario, trascienda el aquí y el ahora. La miopía y pasividad de años anteriores han trabajado a favor de la delincuencia, el narcotráfico y la criminalidad. Como en muchos otros campos políticos, económicos y sociales, no supimos ver ni movernos a tiempo. Es hora de actuar con inteligencia, visión, espíritu solidario y decisión.
En este orden de ideas, es motivo de honda preocupación la forma como algunos, tras sus vibrantes llamados a la acción y a la crítica, tratan de minimizar la intervención de factores externos en la situación actual, como si la abundante y tenebrosa información sobre el asentamiento del narcotráfico en el país y su vinculación con las FARC fuesen una invención o un hecho enterrado.
La captura de 65 toneladas de droga en estos dos años, la denuncia de un vasto plan para transportar la droga a Estados Unidos y Europa, el auge del consumo, que ha potenciado la criminalidad, el establecimiento de áreas de seguridad en nuestro territorio, de parte de las FARC o del narcoterrorismo, o el hallazgo de recursos de estas fuerzas en una casa, no han sido episodios banales o fenecidos. Obedecen ciertamente a una estrategia malvada y han dejado honda huella en el país.
Esta es una realidad ominosa, cuyos tentáculos son intrincados, aun para las Policías más avezadas del mundo. Su enfoque superficial o políticamente interesado, que confunde y desvía la atención, no contribuye, por cierto, a luchar contra la inseguridad ciudadana. La recuperación de la seguridad y de la paz requiere, junto con una constante tarea crítica, altura de miras y sentido de responsabilidad. El compromiso de los tres poderes del Estado, en una fecha solemne, debe trascender las palabras y encarnarse en resultados y hechos concretos.
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