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Página Quince Fernando Araya |
Galileo Galilei
“…tengo pensamientos libres y dignos de un hombre… ”
economista
Una estatua de Galileo Galilei (1564-1642) será colocada en los jardines del Vaticano. Esta decisión puede parecer irrelevante, pero no lo es. Se inscribe en un conjunto de esfuerzos tendientes a superar la ruptura, artificial en algunos aspectos, real en otros, entre ciencia y religión, escenificada en los siglos XVI, XVII y XVIII; además, se toma en un mundo donde predomina el tipo de mentalidad inquisitorial que en 1633 condenó al científico.
Elegidos de los dioses. Han cambiado las circunstancias pero los inquisidores abundan. La represión política en China, la intolerancia racista en Europa, la orgía petrolera erigida con la sangre de inocentes, el fundamentalismo religioso, la macabra utilización de vidas humanas – los secuestrados de las FARC– en oscuras negociaciones internacionales, la mentalidad insurreccional de ciertos dirigentes magisteriales y políticos de Costa Rica, o las actividades familiares que disfrazándose con palabras como solidaridad, vida y justicia, y acompañándose de sesudas reflexiones teológicas, favorecen a grupos que secuestran, extorsionan, asesinan y torturan, revelan estados mentales y emocionales análogos a los que inspiraron la condena a Galileo hace 375 años. Es común que una parte de los “ilustrados”, representantes de la “conciencia crítica” de las sociedades, emocionados al proclamar que estudian la vida y la solidaridad, o que aman la libertad, sean los primeros fanáticos, genocidas, mensajeros y colaboradores de dictadores. El “caso Galileo” es uno de los miles que ejemplifican el grado de irracionalidad de que es capaz el ser humano, cuando se autoproclama el ombligo del universo, el elegido de algún dios. Recordemos algo de esa historia.
El funeral. Entre los años 1500 y 1750 la obra conjunta de Copérnico, Galileo, Kepler y Newton, entre muchos otros, desmontó hasta hacer desaparecer los cimientos del geocentrismo, según el cual la Tierra permanecía inmóvil en el centro de un universo inmutable y el Sol giraba a su alrededor. La oposición de los geocéntricos, atrincherados en las univer- sidades, era el grito desesperado de un mundo fenecido. Galileo lo vislumbró al escribir: “Presumo que estos descubrimientos –se refiere a los nuevos conocimientos astronómicos– serán los funerales …” del pensamiento antiguo. Esos funerales, sin embargo, resultaron en extremo complicados, el pasado se resistió a morir, y en el éxtasis de quienes lo defendieron provocó el juicio a Galileo.
Condena y rehabilitación. El científico fue convocado por el tribunal de la Inquisición, al cual asiste en febrero de 1633. Se le interroga hasta el 21 de junio y el 22 de junio de ese año se emite la sentencia. Galileo es condenado a prisión domiciliaria de por vida, se le obliga a retractarse de sus teorías y su obra es prohibida. No fue sino hasta 1741 cuando el papa Benedicto XIV autorizó a publicar la primera edición de las obras completas de Galileo Galilei, y en 1757 permitió la publicación de los textos que habían sido prohibidos. Juan Pablo II reivindicó a Galileo afirmando que este “…se mostró más perspicaz que sus adversarios teólogos…” y Benedicto XVI ha sido claro al sostener que los contenidos matemáticos y experimentales de la razón científica deben interiorizarse “…sin reservas…”. Este proceso de rehabilitación es parte del reencuentro del cristianismo con la modernidad científica y humanista; sin embargo, no se trata de un fenómeno irreversible, los herederos de quienes acusaron a Galileo aún añoran el inmovilismo premoderno, si las condiciones lo permitieran volverían a levantar hogueras y a proscribir ideas.
¿Inevitable? Asombra que aún hoy algunas personas justifiquen la decisión de quienes condenaron a Galileo, diciendo, por ejemplo, que en las condiciones del siglo XVII resulta comprensible su proceder, que el científico propició su propia condena debido a defectos de su psicología o que sus jueces fueron comprensivos y benevolentes con una persona egoísta y tiránica. ¡Mejor guardaran silencio! No existió ningún determinismo fatalista, asociado a las condiciones históricas del momento o psicológicas de Galileo, que hiciera inevitable la sentencia. La posibilidad de potenciar los puntos de contacto entre cristianismo y ciencias era real, representaba una opción factible al momento de efectuarse el juicio, así lo prueban los siguientes hechos: tres de los jueces que formaron el tribunal inquisidor se pronunciaron a favor de absolver al científico; el papa Urbano VIII, siendo cardenal, de nombre Maffeo Barberini, expresó su simpatía por la teoría galileana; Galileo mantenía relaciones amistosas con autoridades políticas y eclesiásticas que lo apoyaban y existía una larga tradición de aportes cristianos al conocimiento natural, a lo que se sumaba la defensa de la autonomía de la razón científica efectuada en el siglo XIII por Tomás de Aquino.
Tres cartas. Tres cartas que circularon hacia mediados del año 1615 muestran que el conflicto entre la visión geocéntrica y la nueva perspectiva científica no exigía censuras ni persecuciones. En la primera de ellas, escrita por Galileo y dirigida a la Duquesa de Toscana, Cristina de Lorena, se explica, apoyándose en Agustín de Hipona, los peligros que encierra aplicar textos bíblicos a la comprensión de asuntos científicos, dado que pueden entrar en “…conflicto con experiencias manifiestas…”. La segunda es de Paolo Antonio Foscarini, superior de los carmelitas de Calabria, en la cual apoya la teoría galileana; esta carta fue enviada al cardenal Bellarmino, quien en su misiva de respuesta deja clara la posibilidad de aceptar como válido el pensamiento de Galileo si se ofrecen las pruebas correspondientes, en cuyo caso sería imposible “…declarar como falsa una opinión que se ha probado que es cierta…”. El planteamiento de Bellarmino coincide con el siguiente razonamiento del científico: “…ningún fenómeno o ley de la naturaleza que se nos revele o por experiencia directa o por deducción lógica, puede ser puesto en duda en base de pasaje bíblico alguno…”.
Infinita estupidez ¿Qué pasó entonces? ¿Dónde se originó la condena? Sus causas deben buscarse en el cúmulo de ignorancias, mezquindades, vanidades, intereses de coyuntura, dogmas y desequilibrados mesianismos, que distorsionaba el comportamiento de un segmento considerable de la “conciencia ilustrada” de la época. La intolerancia ocupó el lugar de la paciencia, lo irracional encegueció la razón y deformó la voluntad. Fue en ese contexto que algunos amenazaron con torturas, utilizaron el púlpito para desacreditar a las matemáticas y a los astrónomos, engrosaron el Índice de Libros Prohibidos e intentaron modificar, mediante argucias e ilegalidades, el sentido de los textos científicos.
Venciste, Galilei. Galileo Galilei se atravesó en la garganta de sus verdugos, la condena que lo consumió fue su libertad, su victoria, su perenne conquista. Poco antes de morir escribió: “…tengo pensamientos libres y dignos de un hombre…”.
Estamos ante una lección de dignidad que conviene reiterar en los tiempos que corren, cuando en distintas capillas ideológicas, los elegidos de los dioses afilan puñales, acarician mentiras y añoran el día cuando sus ideas pertenezcan a la fauna de los muchos pensamientos únicos, que pululan aquí y allá, desde la derecha hasta la izquierda…Triste destino es este.
consulfe@hotmail.com
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