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Agustín Ureña Álvarez |
Educación religiosa,matrimonio e Inquisición
Profesor Universitario
Parece ser que la aptitud para enseñar religión está ahora determinada por si un profesor divorciado vuelve al matrimonio: si se casa de nuevo, “perdió su vocación” y lo despiden. Por lo menos, eso nos dice nuestra Conferencia Episcopal con suMissio canonica . Aquí es obligatorio preguntarse: ¿Qué sabe del matrimonio un sacerdote, especialmente de un mal matrimonio? Lo que haya leído, lo que le contaron, eso y nada más. No son aprendices, pues aprendiz es el que está iniciándose en el oficio. Ni siquiera llegan a ser iniciados: son cómodos teóricos, inexpertos, pero muy críticos espectadores de las vivencias de otros, experiencias que ellos, convenientemente, se han negado a sí mismos. De ahí que los curas –personas que renunciaron voluntariamente al matrimonio– pontifican sobre la virtud o carencia de ella en aquellos que sí escogieron casarse, en aquellos que sí han vivido, y muchas veces sufrido, las consecuencias devastadoras de un mal matrimonio.
Toreros de gradería. Es obvio que no aprecia la paz del puerto el que no ha padecido la tempestad. Los sacerdotes católicos se quedan en el muelle, muy cómodos, secos y seguros, viendo y criticando cómo navegan y se mojan los demás, mientras sus ropas están bien secas al calor de dogmas milenarios. El que ha estado casado sabe lo difícil que es el matrimonio. En este tema, los clérigos se comportan como “toreros de gradería”, dando consejos a los que sí decidieron entrar al redondel del matrimonio, a lidiar con sus altas y sus bajas. Los curas, en cambio, cómodamente sentados en el palco de la vida, muy lejos de los cuernos del toro, aconsejan y censuran, según sea el caso, a los que dijeron que sí al matrimonio –a pesar de que ellos mismos rechazaron casarse– y se dan el lujo de pontificar sobre un tema del que no saben absolutamente nada, pero opinan sobre él como si hubieran vivido, como si hubieran sufrido, como si supieran.
Sin embargo, la arrogancia del que ignora no termina ahí. Después de hablar de lo que no sabe, como si supiera, la Conferencia Episcopal sucumbe a tentaciones totalitarias y resucita malas prácticas medievales. Como Inquisición trasnochada en pleno siglo XXI, la Conferencia se erige a sí misma en nuestra conciencia, suplanta nuestra voluntad y, tal como sucedía en tiempos lejanos y oscuros, piensa por nosotros: se deja escribir qué es lo que podemos o no podemos hacer en los tribunales y pontifica, urbi et orbi, que estos asuntos no se pueden ventilar en la vía judicial, porque eso va en contra del Derecho Canónico.
Lejos de la realidad. Hace mucho tiempo que el matrimonio dejó de ser un tema eminentemente eclesiástico, pero nuestra Conferencia Episcopal no parece vivir esa realidad. Hace más tiempo –algunos siglos– el Derecho Canónico dejó de estar por encima del Derecho Civil. Nuestra Conferencia Episcopal parece escribir con aire nostálgico, perfumado con aromas de siglo XV, larguísima centuria que “duró” más de 400 años, hasta el Tratado de Letrán de 1929, que definió los límites del Vaticano. Torquemada, los Borgia, la quema de Giordano Bruno, vivo, en la hoguera, la persecución y humillación a Galileo, los Médicis y los más de mil años de existencia de los Estados pontificios, como potencia económica y militar, son historia. No la revivan y, menos aún, con estertores melancólicos, llenos de nostalgia por épocas ya superadas, trágicos tiempos idos que por dicha no volverán.
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