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Julio Rodríguez |
En Vela
Estuvo aquí, en estos días, invitado por el Centro Universitario Miravalles, Javier Ferrer, decano de Derecho de la Universidad de Zaragoza, quien disertó sobre un tema actual y sensible: “Relaciones Iglesia-Estado en una sociedad plural”. Esta conferencia aportó orientaciones básicas.
En estos meses esta cuestión se ha debatido en La Nación , al calor del artículo 75 de la Constitución Política, que declara: “La religión Católica, Apostólica y Romana es la del Estado”. Un Estado confesional. Este artículo no fue una ocurrencia. El contenido cristiano impregna todas las constituciones del país. Basta leer el Pacto de Concordia, las garantías sociales, el Código de Trabajo y la reforma social de Costa Rica. Se enraíza en la historia de nuestro país y en el papel sobresaliente de la Iglesia en su desarrollo y evolución, en el orden educativo, intelectual, social, político, institucional y cultural.
Sin embargo, al artículo 75 de la Constitución Política y al Estado confesional ya les llegó la hora. Más bien, nos hemos rezagado en demasía. Uno de los abanderados de esta reforma es Mons. Dagoberto Campos. Su tesis académica en Roma sobre la materia lo pone de manifiesto con claridad y visión, al proponer, acorde con los tiempos, la firma de un concordato. Solo de 1950 a 1999, la Iglesia firmó 128 acuerdos (un auténtico contrato internacional que vincula jurídicamente a las dos partes y garantiza la libertad religiosa). Así debe ser.
El Estado confesional es lo menos que le sirve a la Iglesia. La tienta y ata. El papa Juan Pablo II apuntaba, antes de su muerte, en relación con el traumático principio de laicidad, a la francesa, de 1905, lo siguiente: “La Iglesia está convencida de la necesidad de separar los papeles de la Iglesia y el Estado, siguiendo la prescripción de Cristo: ‘Dad al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios’”. El Concilio Vaticano II explaya esta sentencia fundacional.
La Iglesia puede perder la libertad por la vía de la persecución, la corrupción o los privilegios. Aquella produce mártires; los otros dos, sometimiento, politización, ideologización, mediocridad y, en fin, erosión de la vida interior y de su centro motor: Cristo Jesús. El cardenal Ratzinger, hoy papa, alertó a la Iglesia en el 2000, al recordar su situación en el siglo XVI: “Algunos pastores pasaron a ser parte del sistema y, en todo caso, no estaban disponibles para ser testimonios vivientes de la fe… Buscaron el acomodamiento más favorable… La Iglesia estuvo a punto de apagar su propia conciencia y conoció una devastación moral casi total”…
La verdad nos hace libres...
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