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Julio Rodríguez | envela@nacion.com |
En Vela
El tema se impone. Lo de las FARC (terrorismo + narcotráfico + ejército) en Costa Rica no es un simple episodio. Representa un poderoso aldabonazo en la conciencia de la clase política, del Gobierno y de la buena fe de los demás. Recordemos los acontecimientos de la década de los 80, cuando nos salvamos a tiempo.
Algunas pinceladas. La Nación publicó, en esos años, algunos reportajes sobre la narcopolítica y la corrupción. La Asamblea Legislativa puso en marcha, a partir de mayo de 1986, dos comisiones que escarbaron, informaron y sancionaron. No se tapó nada, y ciertos casos sonados salieron a flote. Quedó patente la existencia de un plan para penetrar la política, la Asamblea Legislativa y el Poder Judicial. La Nación cumplió con su deber. Se oyeron, por cierto, a la sazón, las mismas diatribas y los mismos ataques de estos meses, así como los de los meses posteriores a las denuncias sobre la corrupción política, hace cuatro años. El mismo guion, los mismos autores
Un capítulo central en esta historia fue la llegada del narcotraficante mexicano Caro Quintero al aeropuerto Juan Santamaría, en avión particular, antes de mayo de 1986, quien todo lo tenía aderezado para vivir en Costa Rica, hecho que solo se explica por la protección de alguna autoridad política superior. ¿Cuántas ha habido en Costa Rica? Lo más curioso de este pasaje fue que, por el escándalo, el Gobierno fletó a Caro Quintero a México, con lo que se perdió una oportunidad de oro para conocer sus tentáculos y sus redes. ¿Por qué? Después llegó “El Cachas”, que hizo y deshizo en el Banco Nacional y, más allá, el temible Mijailov, jefe de la mafia de Moscú, patrocinado por… ¡Ah, la memoria de los patriotas!
¿Somos candorosos, o vivillos? ¿Se acuerdan de Tres Patines? Tres Patines manejaba con su mamita un contrabando de carne de elefante. El juez de la Tremenda Corte se sorprendió y le preguntó cómo había hecho para pasar los elefantes por la aduana sin que ningún oficial lo detectara. Tres Patines le explicó que pintaron los elefantes de amarillo y negro (como los buses escolares), por lo que ni Rudecindo ni Nana Nina, los oficiales de aduana, se percataron. Pero “¿cómo los descubrieron?”, le preguntó el juez. Tres Patines le explicó que, por desgracia, en una ocasión se les acabó la pintura y tuvieron que pasar un elefante sin la cola pintada. Fue precisamente “por la cola” como se descubrió el cuerpo del delito.
Moraleja para los pillos: nunca dejen una cola sin pintar. Una colita sugiere un elefante. Moraleja para las autoridades: observen bien las colas. Moraleja general: no se fíen de nadie, pues los Tres Patines y las mamitas son legión.
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