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Mauricio Portillo |
¿Está preparado?
Educador y teólogo
Una de las noticias más importantes de estos días ha sido el anuncio de los nuevos programas de educación sexual. Quien tiene un adolescente o una adolescente en su casa debe tomar muy en serio este anuncio del MEP. Porque su hijo o su hija escuchará temas que tal vez en su casa no habla de ellos: cómo usar el condón, que métodos anticonceptivos son más eficaces, el placer sexual sin llegar a la relación coital. ¿Qué tan preparado se siente para dar su opinión a sus hijos?
Evitar confusión. En el pasado la educación sexual no era algo que se trataba públicamente, se desarrollaba en el ámbito privado. Y la voz pública en estos asuntos la tenía la Iglesia; posteriormente, y con el auge de los medios de comunicación y movimientos sociales, era posible escuchar varias voces al mismo tiempo. Esta es la época en que vivimos.
Un buen educador sabe que, cuando los padres de familia y los centros educativos trabajan juntos, comparten los mismos valores educativos, los resultados son mucho mejores en el aprendizaje de los jóvenes. ¿Pero qué pasa cuando estos reciben información contradictoria? Se crea confusión y terminan sin comprender qué está bien y qué está mal. Al final todo parece asunto de opinión de los mayores.
Esto es exactamente lo que debe evitarse en la elaboración de los nuevos programas de educación sexual. Deben recoger no solamente la visión de un sector (académicos de la UNA), sino todos aquellos que tenemos una palabra sobre este asunto: padres de familia, estudiantes, educadores, universidades, Iglesia Católica y otros grupos religiosos. Solo un trabajo en conjunto puede asegurar una probabilidad mayor de éxito.
Transmitir valores. Si nosotros, adultos, fracasamos en el intento de ponernos de acuerdo sobre cómo educar a nuestra juventud, daremos la señal de que no existen unas verdades sobre una vivencia sexual apropiada. No se trata de lucha de intereses, ni de ganar adeptos, sino de transmitir lo valioso que tiene en sí la sexualidad humana. Más un don, una realidad que se debe vivir con felicidad, que un problema social.
Recordemos la pregunta que planteé: “¿Qué tan preparado se siente para dar su opinión a sus hijos?” Tendrá que formarse usted también, al igual que ellos.
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