Costa Rica, Miércoles 9 de abril de 2008

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PRIMERA FILA

Harold Leandro C. | hleandro@nacion.com

Subeditor

Tras mi columna anterior, algunas personas ligadas a la prensa, en especial, a la radio, cuestionaron los argumentos que emplee para oponerme al boicot de los Juegos Olímpicos 2008.

Según los que alcancé a escuchar, la tesis principal de los que se afanan en prodigar las bellezas del boicot es que cualquier actividad que sirva para denunciar el supuesto genocidio de China en el Tíbet es bueno, no importa si es deportivo, económico o político.

Uno de ellos dijo, sin ruborizarse, “debemos aprovechar el costo de oportunidad que representa una cita tan importante como los Juegos de Pekín, que serán vistos por todo el mundo”.

Este maquiavelismo es lo que no me gusta de esa postura.

Lejos de justificar o defender un régimen. Lo que me molesta es que se utilice una actividad para conseguir un objetivo que, como dicen ahora los jóvenes, “nada que ver”.

Insisto. Los Juegos Olímpicos es una actividad deportiva, en la que debe primar argumentos como la excelencia, la disciplina, el coraje, el talento y el sacrificio.

Zapatero a tus zapatos. La política es una ciencia y, como actividad humana llevada por buenos caminos, puede procurar gran ayuda en la convivencia de un pueblo. Nada que objetar en esto.

El problema es cuando se mezclan razones políticas (justas o no) con el deporte.

Cuando esto se lleva al extremo de realizar actos violentos con el fin ulterior de manchar unos Juegos Olímpicos, los que estamos en el deporte tenemos la obligación moral de pronunciarnos.

No importa que sean en China, Estados Unidos o Uganda.

Porque es muy fácil salir al paso de la antorcha, forcejear con la policía y apagar la lumbre.

Claro, se aseguran que la foto y el bochornoso acto aparezca en la prensa de todo el mundo.

Y los causantes del desaguisado a lo más que se exponen es a recibir alguno que otro empujón.

Pero en el ínterin, manchan el deporte al revestirlo de una naturaleza que no tiene.

Otros, más osados, proponen que sus atletas no asistan a Pekín, pero no se dan cuenta que cuando un país boicotea los Juegos Olímpicos, los grandes perdedores son los atletas. Y si no, que lo digan los que perdieron oportunidad de brillar pero no pudieron en Moscú 80 y en Los Ángeles 84.

¿De qué sirvió el boicot? De nada, pues la Guerra Fría siguió y el muro cayó sin que nadie haya podido demostrar que la ausencia de atletas ayudó en el desenlace.

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