Costa Rica, Martes 8 de abril de 2008

/OPINIÓN

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Damaris Fernández

Ella

Presidenta Flamencos de C. R.

Insistente, de ademanes precisos y nerviosos, dispuesta a enfrentarse con lo nuevo. Su voz armoniosa y firme, la figura sutil envuelta en tonos negros, aguamarinas y violetas. Así la conocimos. Fue en un cursillo impartido para introducción del baile flamenco, hace ya muchos años.

Figuró en su semblante desde el primer momento aquella angustia del conocimiento, aquella premura por alcanzar quizás lo inalcanzable, aquella intuición de que había algo más, algo más que ser administrador de una próspera empresa constructora de puentes. Me sorprendió la disponibilidad compulsiva con que asumía el aprendizaje de su danza, hasta que tiempo después logró alcanzar una hermosa desenvoltura en el baile. Mas ahí no terminaba su euforia, simplemente el baile fue un primer peldaño. Si el poeta Machado nos insistió en que somos hacedores de caminos y cada uno labra el suyo, precisamente andando, este es un vivo ejemplo de ello y por esto la recuerdo siempre.

Elegancia y belleza. Perteneciente al grupo de literatura del filósofo costarricense Roberto Murillo, de él recibió en la amistad ese acercamiento a las letras que luego la llevaron a tomar una carrera más y terminar con un título cuya tesis se presentó con un acto flamenco, entre velas y cantes gitanos, con el sabor de la elegancia y la belleza que pueden caracterizar hasta el más sencillo quehacer.

Pertenece a esas mujeres que no se rinden, antes bien, arremeten con ahínco ante los diarios quebrantos y obedecen a Sancho Panza en la consecución de una Ínsula Barataria. Realizar proyectos, muchos de ellos en silenciosa ruta para beneficiar a otros, ha sido su común denominador. El hecho de ser la sétima de catorce hermanos, criada en el generoso regazo de una madre que quedara viuda aún siendo muy joven, la obligó a batallar y agudizar armas que le servirían para siempre: la tenacidad y la constancia. Construyendo y tendiendo puentes aprendió a administrar con sabiduría su tiempo vital.

El volcán. Amante del sol y del aire, de las altísimas cumbres de los cerros escalados, viajera incansable, cada vez que la encuentro va de nuevo cubierta de versos y de prosas. La temperatura ha bajado a siete grados. El frío nos paraliza. En un rincón de su estancia, todo cristal, contemplo el paisaje. Abajo se escucha la algarabía de mis compañeras, quienes toman café y se calientan. A pocos metros se alerta el precipicio. Inmediatamente se eleva la majestuosa ladera, en cuyo extremo se abren las fauces del volcán. Nos ha convocado para compartir su proyecto: ha elegido el volcán Turrialba, estarle cerca, dormir a su vera y soñar con él.

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