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Mauricio Víquez Lizano |
La Sapienza oscurecida
Sacerdote
Corría el año 1303 cuando Bonifacio VIII decidió la fundación de una universidad que, financiada mediante algunos impuestos y las donaciones de unos cuantos nobles romanos, fuera su Studium Urbis. Trasladada la sede de esta universidad a Avignon una temporada, las cosas se restablecen en su orden original a mediados del siglo XV.
Durante todo el Renacimiento se introducen nuevas cátedras, la universidad estrena sede por decisión de Alejandro VII, al lado del Palazzo della Sapienza . Las reformas de Benedicto XIV en el año 1748 y de la República Romana en el 1798 fueron ciertamente las más notables.
Fundamental fue la que introdujeron los franceses conforme a la legislación imperial francesa y la sede fue trasladada al Palazzo del Collegio Romano, al inicio del siglo XIX.
Durante la fase de paso entre el Estado Pontificio y el Reino de Italia, el rector, T. Mamiani della Róvere, seculariza la universidad, separándola definitivamente de la administración papal mantenida desde su creación.
Ambiente hostil. Justamente de esta universidad, nacida del corazón de la iglesia, es donde Benedicto XVI no asistió recientemente, para no dar espacio alguno al grupúsculo de gentes que, claramente minoritario, había amenazado con actos que reñían con todo espíritu universitario decente y que hacía difícil la acogida pacífica y digna que merecía la presencia del obispo de Roma en aquella universidad, un centro de estudios superiores de gran tradición ubicado dentro de su territorio diocesano.
«Consciente, sin embargo, del deseo sincero de la gran mayoría de profesores y estudiantes de escuchar una palabra culturalmente significativa, de la cual sacar indicaciones estimulantes para su camino personal de búsqueda de la verdad, el Santo Padre ha indicado que se le envíe el texto que él había preparado personalmente con este motivo», indicó en una misiva al rector de la susodicha universidad, el cardenal Bertone.
Las protestas de estudiantes tuvieron lugar después de que se hiciera pública la carta de 67 profesores –sobre todo de facultades de ciencias exactas– entre los más de 4.000 de la universidad, dirigida al rector en la que le pedían que revocara la invitación que se hiciera al Papa. En esa nota decían que el Santo Padre negaba la libertad de investigación, citando un discurso pronunciado por el cardenal Joseph Ratzinger en 1990, en esa misma universidad, sobre la crisis de confianza en la ciencia en sí misma.
En la conferencia anotada el cardenal Ratzinger citó esta frase incriminada por los profesores: «En la época de Galileo la Iglesia permaneció mucho más fiel a la razón que el mismo Galileo. El proceso contra Galileo fue razonable y justo».
Mala fe científica. Los profesores indicados, haciendo gala de poco tacto intelectual, obviaron notar que esa frase no era del cardenal Ratzinger, sino del filósofo de la ciencia Paul Feyerabend. El purpurado solamente le citó para ilustrar sus palabras en un acto académico. Algo, como se ve, semejante al malentendido en Ratisbona en septiembre de 2006.
La llamada “nota de los 67” pasó otro dato por alto: que la rehabilitación del «caso Galileo», que tuvo lugar durante el pontificado de Juan Pablo II, se debió en parte gracias al trabajo intenso realizado en esa dirección por el entonces cardenal Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe de entonces.
Varias veces, Benedicto XVI se pregunta en su discurso no pronunciado “¿Qué puede y debe decir el Papa en el encuentro con la universidad de su ciudad?” Respondía a ello en una doble dirección. En cuanto obispo, es el “vigía” que cuida de los suyos. En cuanto papa, habla desde una tradición de siglos que representa y de una razón ética valiosa y respetable de por sí.
Concepto de Universidad. Al preguntarse de lo que entiende por universidad, Benedicto XVI la identifica con la búsqueda de la verdad. Realidad misma que analiza en detalle y para ello se vale de la dinámica de la universidad medieval, lo mismo que del recurso a Platón, Tomás, Habermas, Rawls y otros pensadores de épocas y corrientes diversas. Incluso, hace ver cómo la verdad es un anhelo que no debe dejar de ser perseguido por el ser humano de ninguna manera.
Las reacciones –desde manifiestos de catedráticos hasta el encuentro del 20 de enero que reúne más de doscientos mil personas en la Plaza de San Pedro– son abundantes. M. Bersanelli, profesor de astrofísica en Milán, dirá luego de leer el mensaje no pronunciado: “resulta evidente la desproporción entre la postura rígida e ideológica de los ‘67’ y el elevado concepto de razón del Papa, verdadero defensor de la libertad y de la laicidad”. Por otra parte y en la línea del artículo The Copernican miths de M. Singhan, aparecido en Physics Today (dic. 07), J. Saz, de la universidad de Alcalá de Henares, recordaba aquello de Leonardo: “Donde se grita, no hay ciencia”.
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