Costa Rica, Domingo 6 de abril de 2008

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EDITORIAL

Seudorreformas en Cuba

 La estrategia de cambios mínimos aplicada por Raúl Castro difícilmente se sostendrá

 Las extremas contradicciones que está creando minan seriamente al régimen

Por no querer, ni atreverse, a impulsar el conjunto de cambios sociales, políticos y económicos que necesita Cuba para salir de la postración y la opresión, su dictador bis, Raúl Castro, ha optado por un conjunto de medidas tan estrechas, que no implicarán ninguna mejora significativa en las condiciones de vida de la mayoría de la población. Pero, precisamente por esto, es probable que incidan en una consecuencia aún menos deseada, pero sumamente importante para el futuro de la Isla: acrecentar la conciencia sobre la condición esencialmente injusta y catastrófica del régimen y generar un clamor más fuerte generalizado por verdaderas reformas en el país.

El seudorreformismo del sucesor de Fidel Castro está anclado en una pretensión insostenible a mediano plazo: cambiar lo menos posible para que el actual esquema de poder siga vigente. Decimos insostenible, por dos razones esenciales: primero, porque los cambios homeopáticos no conducirán a ninguna mejora sustancial; segundo, porque, en un régimen totalitario como el castrista, aunque las fisuras que se abran sean mínimas, es muy probable que lleguen a adquirir una dinámica propia, difícil de controlar por el Estado, y que conduzcan a presiones de cambio imposibles de manejar desde el aparato represivo.

Por ahora, Raúl Castro ha tomado dos tipos de medidas tímidamente reformistas. El primero de ellos se vincula con el consumo y consiste en derribar las prohibiciones que impedían a los cubanos entrar a gran número de hoteles y comprar ciertos artefactos electrodomésticos y de comunicación, como reproductoras de video, computadoras y teléfonos celulares. Sin embargo, para ejercer el nuevo “derecho” deberán pagar con los llamados pesos convertibles, cada uno de los cuales equivale a 24 pesos normales, en los que están denominados los míseros salarios de la población. Como resultado, por ejemplo, pasar una noche en uno de los hoteles más emblemáticos equivaldrá a un año del salario promedio, algo tan absurdo como ofensivo.

El otro cambio, de índole productiva, consiste en entregar tierras ociosas a campesinos individuales o cooperativas, mejorar el precio al que el Estado compra sus productos, permitirles vender una mayor proporción por cuenta propia y descentralizar ciertas decisiones. Con esto, sin duda, mejorará el escuálido suministro de alimentos. Sin embargo, sin financiamiento disponible, sin insumos adecuados y sin una verdadera propiedad privada en el campo, estos cambios muy pronto toparán con serios límites.

Como resultado de su insuficiencia y aislamiento, el impacto inmediato de ambas reformas será poner de manifiesto las enormes desigualdades que existen bajo el régimen castrista, y que hasta ahora habían estado algo ocultas por la segregación absoluta y un control estatal férreo. Por esto, aunque quienes puedan se aprovecharán de ellas para mejorar modestamente sus pésimas condiciones de vida, el sentimiento generalizado es de insatisfacción. Más aún, contribuirán a hacer más notoria la imposible convivencia de un sistema de control central con rasgos típicamente estalinistas, que es absolutamente ineficiente, con un ámbito semicapitalista, destinado a los extranjeros y la parte de los cubanos con acceso a divisas, quienes las obtienen del mercado negro o de sus familiares en el exterior.

Es decir, Cuba está entrando, por la vía de querer cambiar lo menos posible para que todo siga igual, en una etapa de contradicciones insostenibles, que solo tendrán tres posibles salidas: cancelar incluso las más mínimas reformas, lo cual hundiría aún más al país, que muy pronto se tornaría inmanejable; mantenerlas tal como están, a sabiendas de que la insatisfacción por las desigualdades crecerá, lo mismo que la presión por mayores cambios, o emprender un verdadero proceso de transformación. Cualquiera de ellas, aunque con diferentes velocidades y riesgos, desafía la permanencia del régimen. Esto es lo único bueno, por ahora. Pero lo mejor sería que el aparato actual se decidiera por jugar la carta de la apertura política, económica y social. Es decir, por apostar a lo que, realmente, quieren y necesitan los cubanos.

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