Costa Rica, Martes 1 de abril de 2008

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Jorge Arturo Chaves | jachaves@cedi-op.org

Visitar España… ¿una proeza?

sacerdote dominico

Los ocho años de mi formación universitaria y religiosa básica en España tienen recuerdos imborrables. El cariño nacido entonces se ha arraigado con cada visita posterior, durante un sabático, o por invitaciones a impartir cursos y conferencias en universidades y otras instituciones. También para visitar amigos entrañables y a mis hermanos dominicos. O para dejar grabada la huella con mis botas, en mi corazón y en el Camino de Santiago. Como muchos otros que estudiamos allá, me siento identificado y admirado con la transición española a la democracia, y se me sigue haciendo un puño el corazón al revivir los horrores de la guerra civil y la dificultad que tienen determinados sectores hoy día para enfrentarse a la memoria histórica con justicia para ambos bandos y no solo para los vencedores.

Medidas migratorias. Por eso me siento descorazonado ante las nuevas medidas migratorias del Gobierno español –aun y cuando reflejen, no sé en qué medida, los contenidos de un reglamento europeo–. Y aun y cuando caigan dentro de eso que llaman “asuntos de soberanía territorial” de cada país. Solo pensando en la información publicada por este matutino el 28 de febrero, emanada de la Embajada española en Costa Rica, uno se queda perplejo. ¿Caminaría un ciudadano costarricense promedio, de manera normal, con cerca de medio millón de colones en efectivo en el bolsillo? Nunca localmente y menos aún en país extranjero, cuyos riesgos se desconocen. Sin embargo, uno de los nuevos requisitos para visitar España es llevar en su cartera al ingreso, billete sobre billete, al menos la suma de 540 euros. Y para el que crea que sirve de algo haberse adaptado al mundo donde el dinero plástico es lo normal, aunque sea oro o platino la tarjeta que se porte, el visitante debe además exhibir estados de cuenta bancaria emitidos física y directamente por el banco respectivo, no obtenidos por Internet –pese a que creíamos que la agencia virtual en línea era ya una adquisición válida y usual de nuestros tiempos–.

Pero eso no es todo. Es más que probable que entre las razones por las que Iberia multiplicó los servicios directos entre San José y Madrid, en años recientes, se encuentra el deseo de muchos viajeros como el que escribe, de no enfren- tarse a las molestias migratorias que suponía pasar por los EE.UU., tras la paranoia desatada en ese país por los atentados del 2001. ¿Serán más fáciles ahora las exigencias para el ingreso a España, aparte de dichas inconveniencias financieras? Para nada. En lo que respecta a hospedaje, se debe comprobar la reservación del hotel o invitación de un particular, expedida por la comisaría de Policía del lugar de residencia de la persona que invita, además de demostrar que se tiene medios de subsistencia. La prensa española destaca del decreto correspondiente que, si el que invita es un particular que está alquilando casa, debe presentar copia del contrato de arrendamiento, y si en este no se especifican los metros cuadrados de la residencia, para ver la capacidad respecto a posibles huéspedes, debe presentarse un certificado del propietario con ese dato. Las certificaciones de la policía local del que invita costarán al anfitrión amigo alrededor de 100 € euros por el papeleo. Súmense los trámites de la copia compulsada de todas las páginas del pasaporte del invitado por parte del consulado de España en Costa Rica. Y el compromiso (¿juramento?) que deberá suscribir el anfitrión, garantizando que el invitado no va a promover la delincuencia. Humillante. Queda a la imaginación del lector lo que estos y otros trámites, que no hay espacio para comentar, suponen en materia de tiempo, fila, burocráticas ventanillas y costos. Y la desazón interior. Y los momentos angustiosos como los que pasó recientemente una estimable compatrio- ta farmacéutica.

Todo esto, que resulta triste y lamentable, en cualquier época, y en esta de apertura comercial, de negociación de un Acuerdo de Asociación con la Unión Europea, se transforma en algo incoherente, paradójico, contradictorio. Pero está visto que el libre movimiento de personas seguirá ajeno a los tratados de libre comercio y de asociación. En esta economía vigente solo se abren las fronteras al capital y a los bienes de consumo. Ni siquiera el movimiento turístico es favorecido así en ambas direcciones.

Un deseo frustrado. Es posible que a algunos, los de siempre, estas medidas les signifiquen poco. Ahora como antes caerán de nuevo de pie, como aquellos muñecos “porfiados” de mi infancia. A otros nos quedará el viaje a España como un recuerdo grato, imperecedero, aunque quizás irrepetible. Pero para otros muchos, de menores recursos y experiencia de vida, no pasará de ser un deseo frustrado más, una nostalgia de un futuro que nunca será. No digamos ya para los potenciales migrantes. Estos, de las filas de los pobres, por más globalización que haya, si es de la actual, nunca verán realizarse los principios del teólogo dominico de Salamanca, Domingo de Soto, cuando escribía para Felipe II con respecto a las migraciones por necesidad: “de derecho natural y de derecho de las gentes cada uno tiene libertad de andar por donde quisiere, con tal de que no sea enemigo ni haga mal” … “los pobres de un reino tienen derecho de pedir por Dios en el otro, si son verdaderamente pobres. Porque todos los cristianos somos miembros de un mismo cuerpo (1 Cor 12)” … “no ha de pedirse al pobre más razón que al rico [preguntándole] por qué anda fuera de su tierra”… “si el hospedaje por ley natural y divina nos es tanto encomendado, ¿con quién la podemos los cristianos ejecutar, sino con los pobres extranjeros?”… “la ley nuestra, vieja y nueva, ninguna división jamás hizo de pobres naturales y extranjeros, antes por iguales palabras encomienda los unos y los otros”… “las leyes comunes jamás hicieron diferencia entre pobres naturales y no naturales [extranjeros], sino entre pobres verdaderos y fingidos pobres” …. “el que es verdaderamente pobre ninguna culpa ni crimen comete, no hay por donde le echar de ningún lugar”.

¡Ay utopía, “perseguida por lebreles que se criaron en sus rodillas y que, al no poder seguir su paso, la traicionaron…” ! (Serrat).

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