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Johnny Meoño Segura |
El fondo del TLC
Nuestra soberanía real la hemos desperdiciado “solitos”, durante décadas
Politólogo y administrador público
Dije en unos artículos anteriores aquí ( 24/11/06 y 4/5/07 ) que los peores enemigos de Costa Rica, con TLC o sin él, somos los ticos por cacarear una adhesión formal a un régimen de Derecho –o sea, sin cumplirlo con sentido unitario– que nos obligaba, en particular desde 1974 con laLey de Planificación Nacional , a asumir un desempeño muy racional y civilizado, con mínima improvisación, gran transparencia real y visión de largo plazo en el diseño de políticas, en la asignación del gasto así como en la gestión misma de instituciones. También afirmé que, si todos tuvieran claro, pero con visión unitaria y no fragmentada como es usual, el portentoso marco constitucional vigente, no “había por qué temer… arremetidas en contra de la soberanía nacional producto de ningún tratado, y la Sala IV está allí para asegurarlo”.
Y así ha sido con su reciente preclara resolución de julio. Si bien he leído algunos muy serios análisis que hacen pensar que sí se ameritan cuidados rigurosos en la eventual legislación complementaria al TLC, durante meses he constatado cómo tantos interpretan ese texto de manera fragmentada y fantasiosa: que se pierde la soberanía, que se cede territorio, se privatiza la educación, la salud y las telecomunicaciones, que se pierden conquistas laborales y se fabricarán armas o que el ambiente se “comercializa”, entre otras distorsiones desnudadas por la Sala IV. Y no es que sea ingenuo y piense que con el TLC no habrá más “intereses creados” de individuos y grupos poderosos.
Al garete. Lo que pasa es que hay otro hecho mondo y lirondo que nadie parece reconocer: nuestra soberanía real, la hemos desperdiciado “solitos” durante décadas producto de tantas prácticas públicas y sociales improvisadas y corruptas que han hecho que el país ande al garete. Véanse, si no, las pretendidas reformas alrededor del ICE para flexibilizar su gestión pues reproducen casi todos los enormes vicios históricos de diseño propiciadores de esas mismas ineficacia y corrupción generales.
El Tratado debe ser cuestionado o dilucidado por todos, pero con más objetividad y menos “caprichosidad”, sobre todo después del relevante fallo: ¿en cuáles campos habría más inversión (y no solo norteamericana), más o menos comercio, producción y empleo en el sentido en que los empresarios turísticos lo han señalado nítidamente (China e India crecen y crecen desde hace una década mejorando el nivel de empleo y bajando la pobreza; Sánchez, Cepal, 2007, dice que los agricultores, con “un leve mejoramiento de su productividad”, podrían no salir perjudicados con TLC); cómo lograr una mejor distribución de la riqueza gracias a cuáles nuevas estrategias y políticas asociadas, inclusive tributarias? Y, sin TLC u otro “trato amigable”, ¿podrá Costa Rica, creciendo solo hacia adentro, en verdad mejorar su desempeño económico global y sus esfuerzos de desarrollo social; y, bajo cuáles nuevos ordenamientos que no sean los que configuran el mediocre “nadadito de perro” que, precisamente, ha impedido construir el país de bienestar ordenado en la Constitución?
Dos más dos… Lo digo porque me parece previsible que, sin TLC, Costa Rica enfrentará consecuencias desfavorables en particular si no se logra mantener “la Cuenca del Caribe” y otros “tratos amigables” concedidos unilateralmente por EE. UU. y Europa. No deseo ser aguafiestas, pero en política dos más dos no siempre son cuatro. Si no, veamos a Nicaragua –cuyo Presidente nos incita con total descaro al NO– revoloteando sobre lo que ya visualiza como un cadáver comercial y alborozada con el ofrecimiento del presidente Lula e industriales brasileños, de invertir allí como trampolín a EE. UU. Es previsible que estos países “hermanos” volcarían con ferocidad todas sus legiones cabilderas en Washington y Bruselas contra Costa Rica pues, además de factores históricos, hay recelos recientes por ser Tiquicia una consolidada meca turística y atraer tanta inversión en este y otros campos, con lo que se ha convertido porcentualmente, en 20 años, en el cuarto país exportador en el mundo y el primero de Latinoamérica.
Por otro lado, ¿rechazar el TLC ahora para adherirnos luego bajo condiciones distintas, según lo permitiría su artículo 22.6? Es demasiado riesgoso pues se requeriría la aceptación consensuada de aquellos mismos países y EE. UU. Veo más viable negociar enmiendas posteriores y afinar con extremo cuidado las leyes complementarias.
El TLC es un instrumento comercial cuya discusión legal ha sido obsesiva, y ello ocurre por una enorme disfunción que explica el desenfoque en cuestiones sustantivas de nuestro desarrollo: ningún jerarca ni nadie toma ya decisiones sin un “dictamen legal” previo que lo exima de “responsabilidad”. Si ese dictamen se toma sin visión “sistémica”, o sea, reconociendo el conjunto de normas asociadas, como ocurre con harta frecuencia en la praxis, entonces… apague y vámonos.
Cómo reconocer y enfrentar las grandes debilidades de conducción gubernativa y social que enfrenta Costa Rica sin TLC, pero más aún con TLC, nos demanda otro artículo para redondear el tema. Volveré pronto.
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