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Julio Rodríguez | envela@nacion.com |
En Vela
Dejemos a un lado la contienda de lo de siempre y hablemos del “Gobierno de Dios en la Tierra”, del ministerio “creciendo en gracia”, obra del puertorriqueño José Luis Miranda. Este se ha proclamado el nuevo dios de la humanidad, el anticristo, inquilino ubicuo en Internet y, en días pasados, expositor e ídolo en Cartago, la ciudad más católica de Costa Rica, sede del santuario de la Virgen de los Ángeles.
Han llegado, en estos días, personajes extraños al país. Unos suscitan ira por su osadía y por el servilismo de sus anfitriones, pero ¡allá ellos!; este otro, Miranda, causa angustia por su mensaje demoníaco. ¿Cómo preparar a nuestro pueblo para que, gracias al conocimiento, los valores éticos y el juicio crítico, aprenda a distinguir lo bueno de lo mano, lo falso de lo verdadero? Esta es la cuestión de fondo. Esta es la tarea de la familia y la educación. Todo lo demás viene por añadidura.
Bien sé que para ciertos sectores y personajes este es un asunto desdeñable. La patria, según estos, es puro nominalismo y retórica, y, como tal, el gran escenario de la mentira y el populismo. Pero, la patria –creemos otros– son todas esas personas que pueblan nuestro país, sobre todo los niños y los jóvenes. Es la patria hecha carne, más nuestros (compatriotas), cuanto más pobres y necesitados. Velar por ellos es la misión principal del Estado y de los adultos.
En el acto de “adoración” del anticristo en el Complejo Turístico Picacho, en Paraíso de Cartago, transmitido por la televisión, el domingo pasado, vi a padres y madres con sus niños, todos jubilosos. Había representantes de todos los estratos sociales. Unos llegaron en autobús y otros en su vehículo privado. Quizá algunos romeros arribaron a pie. Los viajeros extranjeros en avión tenían aposentos reservados en dos hoteles. En algunos brazos, como en el del anticristo, resplandecía el 666, la carta de presentación, el santo y..., perdón, el diablo y seña.
Nunca olvidaré las escenas de las madres que se acercaban al anticristo, transidas de emoción, para depositar en sus brazos a sus hijos.
Nada más. Según el padre Eddy Solórzano, cura de la basílica, “no hay que hacer caso pues eso pasará sin pena ni gloria”. Para unos es prueba de la libertad de expresión y para otros, de la libertad de cultos (¿culto a quién?). Para la mayoría, nada pasará pues, en este país, donde de todo pasa, nada pasa…
¡Ah, Costa Rica, mi patria amada, cuán libre, cuán bella, cuán “diferente”, cuán ingenua y cuán expuesta a farsantes y embusteros!
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