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Jorge Guardia | jguardia@nacion.com |
En Guardia
Los estudiantes de la Escuela de Economía de la UCR me invitaron a participar en un debate sobre el TLC. Acepté con la condición de no ser encasillado en ningún bando y poder cuestionar, más que pontificar.
Quería oír de los del SÍ y los del NO quiénes, según la teoría moderna del comercio internacional, se beneficiarían con el tratado. También quería constatar si los corazones del SÍ amaban en verdad a los del NO, o era una fábula engañosa. Observé cómo volaban los filazos mientras yo, entre los dos, los esquivaba. Al final, pude conservar las orejas. Pero salí más confundido.
La teoría del comercio internacional parte de las ventajas comparativas: si un país abre sus fronteras al libre comercio (libre de verdad) puede consumir más de lo que le permite su dotación de recursos (curva de posibilidades de producción). Exportará lo que es más caro en el mercado mundial e importará lo más barato. Al hacerlo, todos ganamos: los consumidores por poder adquirir más bienes y a mejor precio; los productores por poder vender más y más caro. Las gráficas académicas cuantifican los efectos como los excedentes del consumidor y productor. La suma de los dos es el excedente del país.
Importar más y más barato maximiza el excedente del consumidor y combate la pobreza por la vía del gasto. Exportar más y mejor aumenta el excedente del productor y reduce el desempleo pues, para exportar más, hay que contratar nuevos empleados. Ambos se complementan. Ese es el libre comercio que yo apoyo. Pero resulta que tanto los del SÍ como los del NO defienden solo a productores. Los del SÍ defienden al productor-exportador; y los del NO, a los productores agrícolas. Pero nadie defiende a los consumidores. ¿Cuáles serán sus excedentes al entrar en vigencia el TLC? Aún está por verse.
Volví, entonces, al famoso estudio de la Cepal, recientemente revisado por su autor, Marco Sánchez, en busca de respuestas. Y hallé muchas sorpresas. El excedente del consumidor en los primeros 5 años sería prácticamente nulo, pues es a partir del quinto año cuando comienzan a bajar los aranceles de bienes agrícolas. Y el excedente del productor (medido por su aportación al PIB) sería modesto: 0,4% anual. A partir del quinto año, la producción se afectará por las importaciones de bienes finales y el efecto neto en el PIB será cero. En cambio, si los aranceles bajaran al inicio, algo ganaríamos los consumidores en términos de bienestar. La pobreza sería menor y la distribución del ingreso menos desigual. Pero ninguna de estas variables, según el estudio, mejorará con el esquema negociado. ¿Comprenden ahora por qué sigo indeciso?
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