Costa Rica, Martes 25 de septiembre de 2007

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Columna

Amor por la camiseta

Roberto García H. | rgarcia@nacion.com

Periodista

Ataviados con los colores del equipo local, padre e hijo ascendieron las gradas y se ubicaron muy cerca de donde nos encontrábamos los trabajadores de libreta y micrófono.

El niño se sentó primero, mientras que su papá terminaba de saludar a sus amigos y conocidos.

En los minutos previos al encuentro, los inquilinos de las butacas no dejaban de discutir sobre las posibles alineaciones.

La improvisada tertulia barajaba las opciones que tenía el cuadro de casa para salir con los tres puntos, y otros tópicos propios de los especialistas de gradería.

Entre tanto, el chiquillo miraba distraído a su alrededor, en una actitud de paciente espera.

La bandera amarilla del fairplay emergió del túnel y encabezó el desfile de los equipos. Siguió la ceremonia del dedicado, la rifa entre los capitanes, el infaltable “minuto de silencio” (que no es minuto, ni inspira silencio), los toques en serie de los protagonistas y los brinquitos del calentamiento.

Por fin, ¡comenzó el juego!

Presa de los nervios, el hombre se frotaba las manos. De vez en cuando se desgajaba con algún alarido al borde del “¡casi, casi!”, o agregaba su tonalidad al canto de los adjetivos dirigidos al árbitro.

Más concentrado en los gestos de su papá que en las incidencias del encuentro, condescendiente, el chiquillo se sumaba de buena gana a la ola entusiasta de la gente con las manos levantadas.

¡Golazo!. Un avance por el costado derecho del campo culminó con un centro a media altura.

El goleador de los locales lo empalmó de media vuelta. El remate fructificó en el fondo de la red.

De inmediato, la cofradía del delirio estalló en un solo grito de celebración.

Eufóricos, el adulto y su niño se abrazaban una y otra vez. Se soltaban y se volvían a trenzar en un cuerpo a cuerpo lleno de súbito afecto y de gol. ¡Una y otra vez!

Apenas finalizó el primer tiempo, el padre quiso aprovechar los minutos del descanso y bajó a buscar algún alimento.

En ese lapso, tuve la ocasión de entablar una breve charla con aquel muchachito de semblante amable y cierta timidez.

–¿Te gusta el futbol?

–No mucho...

“Tampoco este es mi equipo favorito”, manifestó.

Su sinceridad, tan sorpresiva, picó mi curiosidad.

–Entonces, ¿por qué vestís la camiseta del equipo de tu papá y lo acompañás al estadio?

–Porque si hacen uno o varios goles, él se pone muy contento y me abraza.

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