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Más allá del TLC

Lucha contra la incorporación a un nuevo mundo de progreso y modernidad

Jaime Gutiérrez Góngora
Médico

Los ejemplos abundan por todo el mundo. Una vez que un país empobrece, se necesitan siglos de sufrir la humillación de la pobreza hasta recuperar la riqueza perdida. Cuesta décadas y mucho sacrifico recuperar el camino del progreso y del crecimiento económico.

No aprobar el TLC empobrecerá a Costa Rica por generaciones. El progreso de este país, la preservación de sus conquistas sociales, cuidar de que nuestra juventud no emigre, todo depende de que su pueblo se defina con una amplia mayoría para dónde quiere ir.

Costa Rica tiene 37 años de estar coqueteando con la adversidad. Todos los grandes negocios que se le han presentado han sido rechazados por las mismas fuerzas que hoy en día se oponen al SÍ. ALCOA, el distrito financiero, el canal seco y la exploración petrolera sucumbieron ante ellos. Han promovido, y este pueblo ha aceptado, una especie de vocación por la pobreza, un pavor al cambio. Han convertido a la democracia costarricense en un pacto suicida. Ha sido en las calles y no en las asambleas democráticas donde ha residido el poder en Costa Rica.

Contra los intereses propios. En el libro recién publicado, El mito del votante racional: por qué las democracias escogen malas políticas, su autor Bryan Caplan argumenta que “las democracias frecuentemente adoptan y perseveran en políticas que le hacen daño a la mayoría de las personas”. Sostiene que las democracias fracasan porque “los votantes son peor que ignorantes; son, en una palabra, irracionales, y votan como tales”. Caplan identifica un “error sistemático” que consiste en que los votantes rutinariamente prefieren políticas que van en contra de sus intereses y que tienen una tendencia a desconfiar de los beneficios del intercambio con extranjeros y específicamente contra el comercio. Favorecen lo que aquí llamamos lo “chiquitico” y se oponen a los grandes negocios con lo que Caplan llama “destrucción creativa”. Caplan concluye que “las democracias no alcanzan su potencial porque los votantes logran imponer las políticas idiotas por las que lucharon”.

En todo este asunto del TLC dos cosas son idiotas. La primera es la pretensión de los del NO de que una economía liliputiense –extremadamente pequeña y endeble– puede decir a todas las grandes potencias económicas del mundo que es Costa Rica quien establecerá las reglas del comercio internacional. ¡Y tome! No se necesitan tantos “debates”. Con solo ese argumento basta. Y la segunda idiotez es que con el comercio –el del mundo real– la gente se empobrecerá.

Es una actitud tan irracional como la conducta destructiva que se le atribuye a Ned Ludd, de Gran Bretaña, a finales del siglo XVIII. En su nombre, los “sediciosos luddistas” destruyeron maquinarias porque estas terminarían con su ocupación como artesanos. Hoy, los neoluddistas ticos luchan contra la incorporación a un mundo de progreso y modernidad porque va a terminar con los arados y los bueyes de los labriegos sencillos.

Peligro mortal. Ante el embate de estos apóstoles del oscurantismo, una mayoría en este país se ha mantenido en una especie de limbo político, con la única meta de una vida tranquila; seguros que todo se resolverá sin lucha. Han vivido día a día y de una elección a otra sin dar mucho pensamiento al destino que se les viene encima. Pero, esta vez, este modo de vida se ha convertido en un peligro mortal. La inmovilidad política y la negación de la realidad no es un rival de importancia ante una agresiva minoría con metas bien definidas y una férrea voluntad de hacerlas realidad.

No se trata tan solo de lograr una mayoría para el SÍ, tiene que ser abrumadora. Solo así se terminará, por la vía democrática, con la coalición de la demagogia y de la miseria que ha logrado, por 37 años, que nos deslumbremos viendo a Panamá con su distrito financiero y sus rascacielos, sus múltiples canales secos y la ampliación de su Canal, invirtiendo miles de millones de dólares mientras que aquí contemplamos el edificio del Banco Nacional y nos capeamos los huecos en las calles.

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