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EDITORIAL

Sólido avance en México

Dos reformas aprobadas en días pasados abren importantes oportunidades
Se ha roto la parálisis de varios años, gracias al liderazgo y la negociación


Tras varios años de virtual parálisis en sus decisiones sobre temas de fondo, la Cámara de Diputados y el Senado de México han aprobado dos reformas cruciales que, además de su importancia intrínseca, auguran otros posibles avances en el país. Una de ellas es de índole electoral; la otra, fiscal. Y, si bien el contenido de ambas está realmente lejos de ser perfecto, el balance es altamente positivo.

El éxito tiene varios responsables, pero su gran motor ha sido el presidente Felipe Calderón, por su capacidad de concertar alianzas entre su partido, Acción Nacional (PAN), en el Gobierno, y el Revolucionario Institucional (PRI), segundo de la oposición. Además, ha podido abrir canales de convivencia con importantes sectores del intransigente Partido Revolucionario Democrático (PRD), que todavía se niega a aceptar siquiera el triunfo presidencial del pasado año.

Los principales cambios electorales acortan la duración de las campañas, reducen el financiamiento estatal a los partidos, eliminan su libertad para contratar libremente publicidad en radio y televisión y renuevan la integración del Instituto Federal Electoral (IFE). Aparte de la inconveniente intervención en la libertad de contratación entre medios y partidos, lo más inquietante es que el cambio en el IFE puede afectar su autonomía. Es decir, se trata de modificaciones que no suscribimos. Sin embargo, ese fue el precio a pagar frente al PRD, resentido por el manejo que hizo el Instituto de las pasadas elecciones. De lo contrario, cualquier avance se tornaba casi imposible.

Pero las modificaciones electorales son pequeñas si se las compara con las fiscales. Para iniciar, el gigante petrolero estatal, Pemex, reducirá su contribución directa a las finanzas públicas, aumentará su autonomía financiera y podrá utilizar una mayor parte de sus utilidades para invertir. Es decir, se parecerá más a una verdadera empresa, podrá incursionar con mayor ímpetu en la exploración y refinación de hidrocarburos, y abrirá de esta forma el camino para la muy esperada reforma al sector energético, que, sin embargo, será lenta.

La médula de la reforma fiscal será un nuevo impuesto a los ingresos netos de las empresas, del 16,5% a partir del próximo enero, que llegará al 17,5% al cabo de tres años. Además, se aplicará una controvertida tasa del 2% sobre los depósitos bancarios superiores a 25.000 pesos ($2.200, al tipo de cambio actual) y se incrementarán los tributos a los combustibles, para ser repartidos entre los gobiernos estatales y locales, algo que facilitó su avance en el Congreso.

Probablemente, durante la aplicación de estos cambios habrá que realizar ajustes, pero pocos dudan de que se alcanzará el objetivo de aumentar la carga fiscal (porcentaje de los ingresos totales recaudado por el Estado) del 10% actual a un 12,5%. A este aporte siempre se añadirán jugosas (aunque reducidas) contribuciones de Pemex, que hoy representan casi el 40% del ingreso fiscal. El aumento en la carga tributaria permitirá, entre otras cosas, mejorar sustancialmente la infraestructura y dedicar más dinero a programas de educación, salud y otros aspectos sociales.

Al construir los complejos acuerdos que permitieron avanzar de forma contundente tras años de parálisis, el presidente Calderón ha demostrado gran capacidad política, y los partidos, incluido el díscolo PRD, disposición a romper la intransigencia y negociar en serio. Es decir, un verdadero cambio, y para bien, en el crispado ambiente político. Además, Calderón puso de manifiesto que no es un “instrumento” del gran capital, como lo definían sus adversarios más viscerales. Porque ambas reformas implican tocar importantes intereses empresariales (entre ellos de las poderosas Televisa y Tele Azteca), así como caminar hacia una institucionalidad más moderna y hacia políticas de redistribución más enfáticas.

Por todo lo anterior, el balance es positivo. Y augura mejores tiempos para un país que, a pesar de las grandes oportunidades y claros avances económicos y sociales de años recientes, aún no ha dado un verdadero salto hacia el desarrollo, precisamente por falta de reformas como las comentadas, a las cuales deben añadirse otras. Al fin hoy México parece más cercano al momento en que estabilidad, modernidad, crecimiento sostenido y mejor distribución de la riqueza se combinen para bien de todos.

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