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En la encrucijada del TLC

Dilema tico: 7 de octubre o esperar, indefinidamente, otra oportunidad

Jaime Zabludovsky
Jefe Negociador de México ante la UE

El próximo 7 de octubre se celebrará un referéndum para decidir la suerte en Costa Rica, del Tratado de Libre Comercio entre EE. UU., los cinco países centroamericanos y República Dominicana (CAFTA por sus siglas en inglés). El debate que se ha desatado en Costa Rica, recuerda lo sucedido en México hace casi quince años durante la aprobación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte entre México, EE.UU. y Canadá (NAFTA por sus siglas en inglés). Hoy, como en ese entonces, la discusión se ha polarizado, perdiéndose de vista lo que se puede y no se puede esperar de un tratado de libre comercio con los EE. UU. Por eso, conviene revisar lo que se pretendía con el NAFTA, y cuáles han sido sus resultados y consecuencias a casi tres lustros de su entrada en vigor.

Los objetivos del NAFTA eran liberalizar el comercio de bienes, servicios e inversión extranjera directa; proteger los derechos de propiedad intelectual y, en general, dotar a la relación económica entre los tres países norteamericanos de un entorno jurídico claro, permanente y predecible.

Objetivos cumplidos . Desde la perspectiva mexicana, estos objetivos más que se han cumplido. A partir de la entrada en vigor del NAFTA, las exportaciones a los EE. UU. se han multiplicado por cinco, para alcanzar, seguramente, los 200.000 millones de dólares a finales de 2007. La inversión extranjera directa, que antes del NAFTA era de entre 3.000 y 4.000 millones de dólares al año, después de la entrada del acuerdo ha aumentado significativamente, y hoy se encuentra en niveles superiores a los quince mil millones de dólares anuales.

Estos resultados han sido avalados prácticamente por todos los estudios académicos llevados a cabo para evaluar los resultados del NAFTA. Los del Banco Mundial y del Banco Interamericano de Desarrollo, por ejemplo, confirman el impacto positivo del NAFTA sobre la economía mexicana. Para el Banco Mundial, la conclusión principal es que sin el tratado, las exportaciones totales de México hubieran sido de un 25% menores y la inversión extranjera directa, un 40% más baja.

Ingreso por habitante. El estudio del Banco Mundial concluye que el ingreso por habitante en México en 2002 hubiese sido entre un 4% y un 5% menor en ausencia del NAFTA. Las conclusiones del BID son similares, pues encuentra que las regiones de México que han registrado las tasas de crecimiento más altas desde la entrada en vigor del NAFTA, son aquellas que se encuentran más integradas a la economía mundial. De igual manera, los mejores empleos y los salarios más elevados están asociados a las actividades de exportación y a las empresas con inversión extranjera directa.

Evidentemente, México todavía tiene enorme rezagos económicos y sociales. Sin embargo, esto más que deberse al NAFTA tiene que ver con añejos problemas que no han sido superados: los bajos niveles de educación, una pobre e incompleta red de infraestructura, que castiga a las regiones más pobres y distantes del país , y sectores claves que, lejos de promover la competitividad, son lastres para el crecimiento del resto de la economía, son solo algunos de los problemas que no están relacionados con la entrada en vigor del NAFTA y que hoy frenan el crecimiento de México.

Cuellos de botella. De hecho, no es exagerado afirmar que, en general, los sectores que por alguna razón se quedaron al margen de la liberalización del NAFTA, actualmente constituyen parte importante del problema de competitividad de México. Existe un gran consenso, por ejemplo, que la falta de competencia en los sectores energético y de telecomunicaciones ha generado importantes cuellos de botella que afectan al resto de la economía del país.

Esto no debe sorprender. Uno de los atractivos más importantes de una negociación de libre comercio, es que lo que se percibe como “concesiones” por parte de uno de los socios es, en general, medidas que este país debería de tomar de cualquier forma, para promover la eficiencia y el crecimiento económico, pero que, sin embargo, muchas veces resulta imposible hacer unilateralmente.

Para Costa Rica el CAFTA no es la excepción. El acuerdo representa la oportunidad de consolidar el acceso al mercado de EE.UU., hoy parcialmente abierto mediante concesiones unilaterales, que, sin embargo, pueden perderse en el futuro. También, significa el vehículo para continuar con la reforma estructural de la economía costarricense, incorporando a las disci- plinas del mercado a importantes sectores que hoy se encuentran al margen de ellas.

Costa Rica y Centroamérica. El gran logro para la integración centroamericana que significa el CAFTA se erosionaría significativamente sin la participación de Costa Rica. El esfuerzo realizado por los cinco países centroamericanos para concluir exitosamente la negociación con EE. UU. no tiene precedente, e imaginar, ahora, que cuatro de los países centroamericanos pudieran extender y recibir un mejor trato con EE. UU. que con el quinto socio centroamericano, tendría, evidentemente, implicaciones muy serias para la integración regional.

Finalmente, está la ventana de oportunidad del CAFTA. Después de la aprobación del NAFTA en 1993, EE. UU. se replegó de las negociaciones comerciales. No fue sino hasta el principio de la presente década, cuando con su “estrategia de negociaciones competiti- vas”, EE. UU. volvió a la mesa de negociaciones. Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Nicaragua y Honduras supieron aprovechar esa ventana de oportunidad para negociar el CAFTA. Hoy, esa ventana se está cerrando. EE.UU. se encuentra ya inmerso en una campaña presidencial, en la que los principales precandidatos han adoptado discursos abiertamente proteccionistas.

Disyuntiva tica. En el congreso estadounidense la situación no es mejor. Los intereses en contra del libre comercio han cobrado gran fuerza y protagonismo, al grado de que no es clara la suerte que correrán los tratados que EE. UU. negoció con otros países después del CAFTA. En este entorno, Costa Rica tiene ante sí la disyuntiva de continuar con un tratado que ya ha sido aprobado por el congreso estadounidense, o esperar, indefinidamente, a que se abra otra oportunidad para intentar renegociar su acuerdo con EE. UU. La decisión está en manos de los costarricenses.

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