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Sociedad y Servicios La noche del miércoles llovió el doble de lo normal en Desamparados Nicolás Aguilar R. naguilar@nacion.com A las 11 a. m. de ayer, Armando León Cárdenas, de 31 años, sólo tenía dos artículos de valor en su poder: una camisa y un desteñido pantalón de mezclilla. “Esta ropa me la regalaron hace un rato. Es todo lo que me queda”, se lamentaba frente a unos escombros donde, hasta la noche del miércoles, se levantaba su vivienda en el barrio Maiquetía de San Rafael Arriba de Desamparados, San José. La casa, al igual que otras 15 del sector, fue arrasada por el río Cañas, que se desbordó tras cinco horas de torrenciales aguaceros, los más violentos de setiembre, de acuerdo con reportes del IMN. Aunque usualmente llueve 30 milímetros, esa noche las precipitaciones alcanzaron en gran parte de Desamparados los 65,9 milímetros, según comentó Rosario Alfaro, del Instituto Meteorológico Nacional (IMN). Otras 24 viviendas fueron destruidas en San Juan de Dios de Desamparados, Aserrí y Alajuelita. Algunos damnificados –1.500 en total, 200 de ellos en Maiquetía, según las autoridades– buscaban ayer algún artículo en buen estado entre el barro y los escombros. “No sé ni qué busco. Todo se perdió. La verdad es que no tenemos ni dónde caer muertos”, exclamó , cabizbaja, Alba Porras. Inhabitables. Según informes preliminares de la Comisión Nacional de Emergencias (CNE), 50 casas más serán declaradas inhabitables y sus moradores reubicados en un sitio por definir. Para la CNE, la emergencia fue provocada por las lluvias más fuertes de los últimos dos años en el país. A diferencia de otras ocasiones en que los afectados pueden salvar algunas de sus pertenencias, esta vez muy pocos lo lograron. “El río se salió de pronto y, cuando nos dimos cuenta, mujeres, niños y ancianos eran arrastrados por la correntada. Mucha gente amaneció en los techos de las casas”, señaló Carlos León, quien también perdió su vivienda y todos los enseres. Una situación similar vivió Mirian Pérez, vecina de calle Blanca Durán, de San Juan de Dios de Desamparados, cuya casa semejaba haber sido destrozada por un huracán. “No nos quedó nada. Mis hijos casi mueren ahogados, ahora tienen hambre y no tengo qué darles. Alguien debe ayudarnos”, dijo entre sollozos. Más allá, Lillian Rojas también lloraba desconsoladamente. “Tengo tres niños y no salvamos nada. Ahí andan llenos de barro y sin comer. Lo peor es que no tengo plata para alquilar otra casa”, afirmó.
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