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Foro María Virginia Portillo Decán maria.portillo@gmail.com Periodista En medio de mi séptimo año de residir en Costa Rica, los comentarios y preguntas de algunas personas giran alrededor de lo mismo: ¿Por qué, si tanto criticas a este país, no te regresas al tuyo? Amo al país en el que nací y me siento orgullosa de conservar mi nacionalidad, mis dichos y mi acento, y cada vez que voy allá regreso con gran nostalgia. Sin embargo, quiero enumerarles una serie de razones por las que “no me regreso”: En Costa Rica, el chicharrón es hecho con carne de cerdo, no con pellejo frito como en Venezuela. Se puede comer buen ceviche en muchos lados, a precio razonable, tal y como no sucede en Venezuela. Fue aquí donde aprendí que se puede desayunar arroz con frijoles (“caraotas” en mi país) sin creer que es “muy pesado”. Para mi asombro. Las distancias son cortas entre la ciudad y la playa, aunque vaya a la playa una vez cada muchos meses. Me di cuenta de que a las lapas verdes no les importan ni la basura ni el mal olor de las calles de San José y aún la sobrevuelan, para mi asombro. Mis amigos de aquí no tienen miedo de ser secuestrados o de que secuestren a sus papás, todavía. Se puede aún confiar en los guardas y, pese a la creciente inseguridad, con el tiempo en Costa Rica se le puede bajar la psicosis a uno (aunque la malicia queda). No siempre te andan persiguiendo, no cualquier pelmazo en la calle anda un arma. Por sobre todas las cosas, en Costa Rica el pueblo parece tener algo de confianza en la transparencia de un proceso electoral, de sus autoridades e instituciones. En Venezuela, muchos dudan de la transparencia de un montón de cosas y de un montón de gente desde hace años. No reniego de mi tierra. Siete años atrás mi país y la forma en la que la gente vivía en él eran distintos y creo que un poco de lo que era otrora se va acercando a su final cada día que pasa. Esa es otra razón por la que no me regreso: ya no me quedan muchas esperanzas. Sin caer en temas personales, Costa Rica representa para mí, así como para muchísimos inmigrantes, un país de oportunidades. A todos los que vivimos aquí –ticos y foráneos– nos conviene tener una visión crítica y una actitud activa que tienda a detectar, a denunciar y a resolver lo que no anda bien. No se trata de “quejarse”. Si “la esperanza es lo último que se pierde”, pues yo nada más estoy esperando un acto de magia, algo espiritual y esotérico para que Venezuela, sin volver a lo que era antes, sea un lugar de oportunidades de nuevo, tal y como fue hace muchas décadas para portugueses, italianos, españoles, árabes y todos los que emigraron y para quienes nacimos ahí pensando en que nunca tendríamos que salir para tener una vida mejor.
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