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Mi corazón dice otra cosa

Debemos recordar que todos somos hijos de la misma madre patria

Adrián S. Hernández Vindas
Ingeniero

Ignoro si soy el único, pero a estas alturas no puedo evitar sentirme cansado de tanto bombardeo, por parte de las campañas del SÍ y del NO. Como era previsible, día a día, los más diversos entendidos del tema, también mediante diversas estrategias publicitarias, nos tratan de convencer para tomar parte en uno de los bandos, haciéndonos ver la hecatombe que se avecina si el tratado es, o no es, aprobado. No hay hora que pase sin escuchar, ver o leer algo relacionado con el tema, siempre indicando que la decisión de voto debe ser guiada por el corazón.

Me siento orgulloso de que existan tantos costarricenses preocupados por la patria; hay muchos corazones luchando por un mañana mejor para todos o, cuando menos, para esa llamada mayoría vinculante. Este 7 de octubre, sin duda, habrá una decisión final en torno al TLC, determinada por la mayoría beneficiada por su aprobación o por su rechazo. Indudablemente, el Tribunal Supremo de Elecciones y el Gobierno ciertamente harán énfasis en que el triunfo es de la democracia, de un proceso nunca antes visto en el mundo, llamado a sentar precedentes. Pese a todo ello, me pregunto: ¿qué pasará con los perjudicados?

Vencedores y vencidos. Este 7 de octubre también, querámoslo o no, habrá perdedores. Ambos bandos saben que –se apruebe o se rechace el TLC– alguien saldrá perjudicado; alguien tendrá que buscar un nuevo empleo o una nueva forma de vida, y ese es un asunto que nadie discute en las calles.

Los ticos pecamos por vagos, queremos todo al alcance de nuestra mano, y esperamos que el Tratado vaya a resolver todo lo que no se ha resuelto en 186 años de vida independiente.

Admitámoslo, aprobar o rechazar el Tratado no solucionará nuestro caduco sistema educativo ni tampoco solventará la creciente desigualdad y pobreza; no detendrá el tráfico de drogas, ni la explotación sexual. El TLC no tiene un anexo que regule el recarpeteo de nuestras calles ni que prohíba la construcción de tugurios en zonas de riesgo. Este tratado no nos convierte de la noche a la mañana en un país primer mundista, y tampoco da el apoyo que nuestros atletas necesitan, para sobresalir internacionalmente. No resuelve el obstruccionismo parlamentario ni tampoco homogeniza nuestra forma de pensamiento. En la medida en que no veamos nuestras limitaciones y hagamos algo sustancial para reformarnos, no podremos despegar como nación soberana.

Fraternal amparo. Soberanía no implica impedir la intervención extranjera ni tampoco entregarnos de lleno a los caprichos de empresas transnacionales. Soberanía implica defender nuestra idiosincrasia, no abandonar nuestra identidad ni nuestros valores. Soberanía implica demostrar que no somos ni altruistas ni retrógrados; soberanía implica demostrar que tenemos la disposición de correr riesgos y sacarnos a todos adelante, de manera equitativa, sin desamparar al que este 8 de octubre nos pida que le tendamos la mano.

La Comisión de Notables aseguró que el país necesita realizar muchos cambios, independientemente de si se aprueba o rechaza este tratado. Estoy completamente de acuerdo con esa postura, y me gustaría convocar a los costarricenses a un nuevo referéndum, a realizarse este 8 de octubre. La pregunta que aparecería en la papeleta reza: “¿Aprueba el ayudar de manera concreta y solidaria a nuestros compatriotas perjudicados por los resultados del referéndum del 7 de octubre, recordando que todos somos hermanos, hijos de la misma madre patria?”. Espero que todos votemos, y en la casilla correcta.

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