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Página Quince Jacques Sagot jacsagot@gmail.com Pianista ¡Ay, este pobre país mío, que a punta de jugar de “vivillo” ha terminado por quedarse sin eso que constituye la dignidad de los pueblos: la ética del trabajo! La nuestra es una cultura basada en la asunción de que todo debe sernos regalado. Nacemos programados genéticamente para ello. Criaturas entre valetudinarias y ladinas, que esperan el socorro de todo mundo, que vociferan por la inviolabilidad de sus derechos, pero no empuñan la responsabilidad de sus deberes. La cultura de la facilonguería. ¿El Estado? Una ubre (¡ya tan reseca y prostituida, la pobre!) de la que tenemos que colgarnos como lechoncitos ávidos hasta extraer la última gota –empujando y mordiendo a los demás– para nuestro individual, exclusivo beneficio. Estado-mamá, Estado-abuela regalona, Estado-San Nicolás, Estado-gallina clueca. Exigir, llorar, patalear… y minimizar tanto cuanto nos sea posible la dación individual, el aporte personal al sistema del que tanto esperamos. Creo aún y siempre en la configuración política que me permitió crecer y desarrollarme como ser humano y –lo que es más difícil– como persona. Mi vida hubiera sido inconcebible sin el modelo de la medicina socializada y la educación pública. Empero, estoy convencido de que la socialdemocracia debe evolucionar, porque el mundo en el que se inscribe ha evolucionado, y que los costarricenses deben dejar de ver en el Estado una exención automática de todo deber, de todo esfuerzo, de toda responsabilidad. Negativa concepción. Acogernos a la mentalidad del “debilito” se ha convertido para nosotros en una estrategia vital. Buscar los atajos, vadear los obstáculos (sean estos entendidos en su más saludable sentido), saltarnos las pruebas de iniciación, esperar el huequito providencial por el que podamos colarnos sin tener que escalar la muralla, anatematizar la noción de competencia… todo eso define una forma de concebir la vida que puede resumirse de esta manera: el esfuerzo no es un gozo en sí, sino un fastidio que conviene esquivar. Nos equivocamos: el esfuerzo es un gozo en sí. El resultado no es más que su bien merecida culminación. Un pianista puede invertir 5.000 horas para un aplauso que dura 5 minutos. ¿Qué significa esto? Que el aplauso, corroborante y delicioso, no es, sin embargo, el fin último del esfuerzo: que el gozo consistió precisamente en la práctica y las diversas fases de la preparación. Buena metáfora, creo yo, de lo que toda ética de trabajo debería postular. Un ejemplo entre mil: de un tiempo acá, resulta que todo el mundo en Costa Rica esdoctor cum laude . Tenemos universidades –públicas y privadas– que regalan doctorados “de incubación acelerada”: en cuestión de dos años, cepas enteras de doctores son lanzadasextra muros para integrarse egregiamente a la sociedad. ¿Qué clase de remedos son esos? A menos de que sea uno Descartes, nadie, en ninguna latitud del planeta, puede obtener un doctorado con menos de 6 años de estudio intensamente focalizado. ¿Quién engaña a quién? La universidad engaña al estudiante al permitirle saltarse con garrocha el proceso que debía haber sido vivido con gozo; el estudiante engaña a la universidad al escurrirse a través de toda suerte de resquicios curriculares; ambos estafan al país. Y Costa Rica… pues esa se ha hecho tan cínica que se deja estafar gustosa. Ha terminado por aceptar que ese es el tenor de su cultura, de su nefasta urdimbre de antivalores. Deplorables principios. Nuestra relación con la realidad está regida por cinco deplorables principios. Primero: el mundo nos lo debe todo. Segundo: la naturaleza del proceso no cuenta, solo cuenta chapotear de cualquier manera posible, ojalá apoyándose sobre las cabezas de los demás. Tercero: el Estado es una mamá ubérrima que debe proveernos absolutamente por todas nuestras necesidades. Cuarto: la comodidad y la contentera deben estarnos garantizadas; la competencia, la excelencia y la disciplina son amenazas que urge conjurar a toda costa. Quinto: es necesario vigilar con mirada acerada de lince que nuestros derechos sean respetados… el cumplimiento de los deberes, en cambio, puede ser vigilado por un dromedario con narcolepsia y una sobredosis de somníferos. El TLC ha puesto en la picota tres conceptos tan erosionados que ya no hay ni por dónde agarrarlos: autonomía, soberanía y recursos naturales. Yo voy a proponer tres ecuaciones correlativas: autonomía > inteligencia; soberanía > inteligencia; recursos naturales > inteligencia. Nunca, en lo que llevo de vida, había yo visto en mi país tal grado de indigencia intelectual. Pensamiento “macdonalesco”, predigerido, pasteurizado y homogeneizado: “perder la autonomía”, “perder la soberanía”, “perder el control sobre nuestros recursos naturales”… Falso, falso, falso. Porque en sus afirmaciones ignoran lo que les conviene ignorar y sobredimensionan una amenaza que –y digo esto desde el fondo de mi conciencia ciudadana– solo es tal si no sabemos mover las piezas que sobre el tablero tenemos posicionadas. Tres eslóganes del terror, tres fórmulas registradas, tres maneras de asegurarnos de que todo en la vida nos vaya a seguir llegando facilito, facilito, ¡siempre facilito!
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