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Opinión Gustavo Jiménez gujimenez@nacion.com Periodista A veces da la impresión de que ser entrenador de futbol no es ninguna ganga. Es cierto que en muchos casos la paga es buena (siempre que el club no atrase salarios). Le permite a exjugadores seguir ligados al mundo del deporte y su rutina. Los demás, los que no logran dar el salto al banquillo, tienen que modificar su vida y adquirir hábitos nuevos, como usar corbata o trabajar ocho horas al día. Pero, en general, parece que el entrenador siempre está propenso al pisotón. Será el pararrayos detrás de cada derrota, aunque el equipo pierda porque el guardameta tiene manos de gelatina y los delanteros sean incapaces de meter un gol en una portería del tamaño de un arcoíris. La temporada anterior Alajuelense perdía en casa 0-2 ante Pérez Zeledón. Un volante generaleño tomó la pelota casi en media cancha y anotó un gol de larga distancia. Decenas de aficionados corrieron a insultar al técnico, Cheché Hernández, en lugar de pedirle cuentas al arquero o los defensas. Los directivos por lo general razonan de manera similar. Con el cuentico de que es más fácil despedir a uno que a 20, aplican la guillotina en automático. Por algo se dice que los entrenadores siempre tienen las valijas listas. Trabajar con tal incertidumbre es indigno para un ser humano. No se metan. El caso del liberiano Benigno Guido debería ser paradigma y motivo de estudio para todos sus colegas. Guido interpretó que sus superiores se estaban entrometiendo en su trabajo. En lo más delicado: la alineación. Según relató en su momento, hizo una advertencia y el problema se volvió a repetir. Seguramente los “entrometidos” no tenían mala intención. Quizás solo pretendieron aconsejarlo y, sin querer queriendo, se pasaron un poquito de la raya. Liberia Mía es un proyecto serio (digámoslo de otra forma: no es un “quintavallazo”), y sus ideólogos han tratado de empatar inyección de recursos con valores sanos como trabajo duro y proyección hacia la comunidad. El caso es que Benigno se “encachimbó” y un día dijo hasta aquí. Presentó la renuncia (no a la tica, sino que de verdad no volvió más). No fue una rabieta. Fue un acto de dignidad cuando entendió que se le estaba irrespetando. Perdió su trabajo. Era más fácil quedarse callado y seguir cobrando el cheque. Por diversas circunstancias, hoy Guido está de vuelta en el puesto, con todo y chonete. A ver si alguien le vuelve a meter las manos en la alineación.
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