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Pobreza, desigualdad y comercio

Ante el desafío, está en nosotros el responder adecuadamente

Esteban Porras Zúñiga
Estudiante, UCR

No hace mucho más de un siglo que el hongo de la penicilina era una “peste” y no un recurso; pero, en la década de 1920, Alexander Flemming advirtió que ese hongo era lo que los bacteriólogos buscaban. Esto también se cumple en las esferas económicas y sociales. Como en el caso del hongo, los tratados comerciales son instrumentos que pueden ser una peste para unos, mientras que para otros son un recurso valioso; depende del uso que se les dé.

Cómo lograr que la peste se convierta en recurso valioso no es asunto que algo técnico como una negociación comercial pueda resolver, pero sí es materia para que muchos nos pongamos a trabajar. Si no, el descontento que provoca inseguridad y violencia podría afectarnos más seriamente.

Disparidad grave. Los detractores del libre comercio se han dado a la tarea de denunciar las desigualdades económicas que trae consigo el tratado comercial con EE. UU., en un país en el que la disparidad económica es realmente grave. Sin la aprobación del tratado, el coeficiente de Gini (medida de desigualdad) creció en 0,04 entre 1990 y 2002, coincidentemente el 2002, periodo en el que apenas se iniciaban las negociaciones con EE. UU.

La pobreza y la desigualdad pueden plantear muchos riesgos. Como consecuencia grave, los movimientos de protesta, con las manifestaciones callejeras que impli- can, están cobrando fuerza en toda la región; violencia urbana, maras y asaltos son el ingrediente que adorna noticieros y periódicos.

Si vemos la manera en que se está llamando a detener el avance del Tratado, es por medio de la lucha, para decidir el tema en las calles, como han manifestado algunos “dirigentes” y como han venido actuando otros, muy pocos, pasando de las palabras a la agresión física, desafiando la democracia y el estado de derecho en que vivimos.

¿Un asunto ideológico? Pareciera que es un asunto de ideología, porque los temas en disputa no son muy diferentes de los que ya se han negociado con otros países. Para mejor ejemplo, veamos el tratado que recientemente firmamos con Panamá, del cual no ha salido más que unas cuantas líneas en la prensa nacional, a pesar de que ese país significó un 3% de nuestras exportaciones en el 2006, con un crecimiento de cerca del 17% en los últimos 4 años, según el COMEX.

Vemos como un Panamá muy próspero, con una inversión inmobiliaria creciente y proyectos tales como la ampliación del canal y el saneamiento de la bahía por varios miles de millones de dólares, contrasta con un 40% de la población en niveles de pobreza. Pese a esto, el pueblo panameño, que ya firmó con EE. UU., ha visto en el libre comercio un instrumento de desarrollo y no la forma por sí sola de acabar con esa pobreza que, además, incluye un 10% en pobreza extrema.

Debemos pensar de manera diferente porque ese potencial que necesitamos para convertir el libre comercio en un recurso está en el individuo. No debemos cerrarnos a las oportunidades. El desafío es grande, la tarea de la iluminación de la inteligencia no es fácil, pero es necesaria y apasionante. Todos estamos llamados a este desafío: está en nosotros responder.

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