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El café del siglo XXI Víctor Hugo Murillo S. vhmurillo@nacion.com Este país nació con el café. No se sabe con exactitud cuándo, pero, entre las postrimerías del siglo XVIII y principios del XIX, el grano apareció por aquí... para quedarse. Es verdad que en la Costa Rica actual ya no es más “el mejor ministro de Hacienda”, pues el país diversificó sus exportaciones y logró zafarse de la peligrosa dependencia del monocultivo, cuyas consecuencias se vivieron en reiteradas ocasiones. Mas resulta imposible negar el impacto decisivo que ese fruto tuvo en el desarrollo económico, social y político de un bisoño Estado que encontró en ese cultivo la primera gran fuente de ingresos que le permitió erigirse y entrar en contacto permanente con la economía internacional. Al contrario de lo que ocurrió en El Salvador –donde la caficultura trajo consigo una despiadado despojo y empobrecimiento del campesinado–, en Costa Rica la pequeña y mediana propiedades permitieron una participación más equitativa en la nueva riqueza, particularmente en el Valle Central. En el presente, inclusive, cooperativas y otras asociaciones de productores siguen desempeñando un papel destacado en la actividad, que ahora se enfoca a la consecución de calidad como estrategia para competir en el mercado mundial. En tal sentido, el empuje de los hermanos Pompilio y Emilio Marín –en Frailes, cantón josefino de Desamparados– para sacar ventaja con la caficultura orgánica representa una salto cualitativo frente a un mercado más exigente, dispuesto a pagar más por un producto más sano. Los Marín, propietarios, cada uno, de 25 hectáreas, son custodios de un legado familiar, pero están demostrando capacidad y visión para adaptarse y responder a las nuevas demandas de los compradores. Han logrado vencer el escepticismo y romper mitos, como la supuesta imposibilidad de lograr una adecuada productividad. Con 40 fanegas en fruta por hectárea, están bastante por encima del promedio (24) de la caficultura tradicional. La apuesta consigue réditos, unos ¢30.000 adicionales por fanega, para una actividad económica que se reinventa casi dos siglos después de que –literalmente– echara raíces aquí. El café es mucho más que un cultivo. Nos vincula con los orígenes del país y su desarrollo, con nuestra cultura, con nuestra vida cotidiana. Porque ¡cuánto se habla y decide alrededor de un cafecito!
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