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/LA NACIÓN

La cultura del miedo

La principal característica del miedo es su efecto paralizante

Yolanda Bertozzi
Teóloga y abogada

Nuestro pequeño “Watergate“, en Zapote, ha tenido la virtud de sacarnos de la modorra e indiferencia que con ocasión de nuestro primer e histórico referendo nacional vive buena parte de la población.

No me voy a referir a la falta de respeto al Tribunal Supremo de Elecciones ni al régimen municipal ni a la manifiesta “voluntad de transgredir la ley”, como reza el editorial deLa Nación , evidente en el ya famoso memorando. Me voy a referir a la deliberada intención de fabricar miedo, que para mí es lo más peligroso de la lista de “intenciones“, por cuanto coacciona la razón y la voluntad, de los sectores más débiles.

Quizás las principales características del miedo son sus efectos paralizantes, la inseguridad, el temor, el espíritu coartado y la libertad sitiada. Así, la madre obrera en la fábrica irá a votar por miedo a perder su puesto; la pequeña artesana irá a votar por miedo a no contar con la maquinaria para la microempresa; el jefe de hogar irá a votar por miedo a no tener lo básico para pagar la luz o el agua.

Arma antigua. Pero no nos quedemos en palacio, resulta que la cultura del miedo, que se presenta como algo reciente, como una novedad de los políticos del postmodernismo, ha sido un arma utilizada contra los pueblos desde siempre. Se cuenta, por ejemplo que, en el Antiguo Egipto, los faraones, ponían al pueblo a rezar para que las aguas del Nilo bajaran de nivel, pero lo hacían en la época cuando, precisamente, los sabios conocían que el nivel del agua bajaría. Utilizaban el miedo y la manipulación como medios de control social. Recordemos que el faraón era dios...

Muchos intelectuales argumentan que la cultura del miedo está siendo intencionadamente elaborada, entre ellos el lingüista Noam Chomsky, el sociólogo Glassner, cineastas políticos como Curtis y Moore y reporteros como Miller.

Ellos plantean que los motivos para elaborar un plan de alarma varían, pero su principal característica es su potencial incremento de control social, que una población desconfiada y recíprocamente atemorizada puede ofrecer muchas prerrogativas a quienes están en el poder. En estos términos, los miedos son cuidadosa y repetidamente creados y alimentados por cualquiera que desee infundir temor, frecuentemente a través de la manipulación de palabras, hechos, noticias, fuentes o información, a fin de inducir ciertos comportamientos personales, justificar acciones o políticas gubernamentales, mantener a la gente consumiendo, elegir políticos. Dichos comentaristas sugieren que existe una escala de procesos culturales que pueden considerarse como “técnicas deliberadas para alarmar”. Por ejemplo: Hoy nos recetan miedo a los musulmanes, a los nicaragüenses, a los negros, a los homosexuales, a los “ilegales”, a ciertas estadísticas, a ciertos posibles resultados…

La gente pobre. Así, resulta “coherente” con esta lógica que dos altas autoridades del país, de forma deliberada, utilizando su conocimiento, su cargo, su poder, planearan propiciar una deliberada “perturbación angustiosa del ánimo” en la población, a la cual deben servir, no servirse de ella, y que paradójicamente pertenece al sector social que, a decir de los mismos analistas políticos, los llevó al poder: la gente pobre.

La hermenéutica es la ciencia del dios Hermes encargado de transmitir a los seres humanos, en forma clara, los resultados de las deliberaciones confusas y borrascosas del Olimpo, pero también Hermes es patrón de comerciantes y de ladrones, quién hace circular mercancías a través de fronteras y de culturas y además es protector de los médicos que luchan a favor de la vida y en contra de la muerte. A lo mejor Hermes nos puede dar una manita, digo, en relación a la interpretación del TLC.

No tengáis miedo, dijo el ángel a María, y esta hizo lo imposible. No tengáis miedo, dijo Juan Pablo II cuando inició su Pontificado, y fue el gran líder espiritual del siglo. No tengáis miedo, dijo Jesús y transformó la ideología dominante de su época. ¡Que eso nos baste! Sepamos ser libres, no siervas menguadas.

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