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Los mosquitos de Tobías Una vida, única, irrepetible e insustituible, como lo es la grandeza de ser personaEnrique Vargas Soto Abogado Alto, fornido y trigueño, de ojos azules, trabajador y amigo de servir, Tobías sembraba arroz, maíz y frijoles, camote, tomate y cebolla, y después… Sus hermanos tenían características físicas similares, pero casi no se parecían. A todos los conocí, pero no me acuerdo de Lalo, quien vivía en Rincón Chiquito, hoy La Pradera, ya con luz eléctrica, calle asfaltada, teléfono y algunas buenas casas. En aquel tiempo solo se podía transitar en carreta, a caballo o a pie. Había sectores muy empantanados, a causa del barro arcilloso de la zona. Las cercas laterales eran de madero negro, jiñocuabe y jocote. De vez en cuando aparecía un gallinillo, de flores color turquesa en verano y vainas doradas. Lamentablemente, muchos de estos árboles han sido reemplazados por postes de cemento. Y son muchas las viviendas pobres con la puerta de entrada casi en la calle. Ahora este lugar cuenta con iglesia, escuela y plaza de deportes, por fortuna abierta, aún no cerrada con malla metálica por orden y buen “recaudo” de la asociación de desarrollo. En conjunto, estas asociaciones ignoran el daño infligido a niños y jóvenes cuando se les niega la posibilidad de juego, conceptuado por Caparel, un educador suizo, como “el preejercicio de la vida”.
Esperanza de sensatez. Así, cerrando plazas, algunos dirigentes comunales afilan sus uñas y, posteriormente, si logran escalar las posiciones ambicionadas, entraban asuntos legislativos importantes. Anida en ellos un “preejercicio” político mal concebido. Abriguemos la esperanza de unos tiempos más maduros y sensatos, de horizontes abiertos y creativos. Dos de los hermanos de Tobías gustaban del comercio. Uno de ellos, Nino, tuvo pulpería y, como en ese tiempo en los pueblos pequeños y pobres del Valle Central se compraba con libreta, en una ocasión un cliente mandó comprar determinado producto, pero, como no existía en el negocio, Nino anotó en la libreta “caca”, cual si el cliente fuera culpable de la carencia. Otro hermano suyo, de muy buenas relaciones humanas, lo pensó más y puso pulpería y cantina, pero terminó alcoholizado y murió de cirrosis. Celina, Lucía y María eran sus hermanas. Infundada vergüenza. Con los años se hizo maestro de obras (arquitecto técnico en España). Su última experiencia laboral fue construir casas. La otra vez me lo encontré en la iglesia de El Carmen de Alajuela y me contó haber construido 80 viviendas, probablemente mejores a las pobres de Rincón Chiquito, digo, La Pradera. Como no tenemos sentido histórico cambiamos cuanto antes los nombres. Nos avergonzamos y escondemos nuestro pasado. ¿Por qué esa mala práctica –me pregunto– de cambiar nombres antiguos y así perder identidad y congruencia histórica? En aquel encuentro me dijo Tobías, al preguntarle qué había sido de su vida: “Mire, todo se lo dejo a la misericordia de Dios, el futuro a su providencia y el presente a lo que él quiera mandarme. Así vivo en paz, venga lo que venga”. Esto me hizo pensar en la importancia de volver al punto de partida. Tenía más hermanos: Napoleón murió de un infarto en un autobús, Toño fue brequero del Ferrocarril al Pacífico, tuvo un accidente de trabajo y el tren le cortó las piernas. Lograron contenerle la hemorragia y ahora tiene piernas de “palo”, dice la gente. Beto fue el último en partir. Hojas y palillos. Tobías trabajaba en Esparza cortando chan en una finca encharralada y hacía sus necesidades fisiológicas ahí mismo, unos metros más allá del último corte. Entonces –me contaba– los testículos (decía otra palabra) se le ponían negros por la multitud de mosquitos que llegaban a picarlo. Se limpiaba rápidamente con hojas verdes y palillos secos y volvía al trabajo bajo un sol ardiente. Pasó el tiempo silenciosamente, como pasa siempre el tiempo, sin sentir su huella, y no volví a verlo. Pregunté por él a una sobrina suya si ya había muerto, y me dijo: “¡No; ahí está! Tiene más de 90 años, se cayó y no volvió a salir. Se acuerda de todo. Vive en Alajuela por El Calabazo”. Me alegró mucho la noticia. Una tarde de estas iré a visitarlo. De seguro me invitará a un café, según esta buena costumbre nuestra. Será un placer escucharle más historias de su vida, única, irrepetible e insustituible, como lo es la grandeza de ser persona. Probablemente me contará otra vez el cuento de los mosquitos y, asomando de sus labios su habitual risilla maliciosa, me dirá: “y nunca me puse paños de manzanilla para la hinchazón”.
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