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En Vela Julio Rodríguez envela@nacion.com Ricardo Lagos, expresidente de Chile, pronunció una conferencia, al inaugurar las clases magistrales “Chile piensa”, en la Casa de América de Madrid. La suya versó sobre la creatividad para el desarrollo, lo que supone, por supuesto, pensar, debatir, argumentar, crear, de frente a las necesidades internas y a los grandes desafíos del mundo y del futuro. Chile –dice Lagos– es una nación modelo por los números de su economía, pero, tras estos, se yergue su capacidad creativa y, hoy, una visión humanista de la democracia. Chile entendió la trascendencia de “hacer el paso de una sociedad antigua a una sociedad que se atreviera a entrar en un mundo moderno”. Así, encaró el desafío político, económico, social y cultural. Es decir, primero se sumergió en una profunda autocrítica interna, en vez de dedicarse a quejumbres sin fin y a la búsqueda de chivos expiatorios. En el plano económico: invertir para crecer, ahorrar, atraer inversión externa, orden fiscal y una autoridad monetaria. Por ser “un mercado pequeño –dice Lagos– nos atrevimos a decir: abrámonos al mundo; si el mundo se va a globalizar, atrevámonos a competir. Ya que la globalización viene para quedarse, más nos vale prepararnos para ella”. Todo lo contrario de la estrategia del NO y de las visiones apocalípticas y patrioteras para fundar el miedo y el inmovilismo. La pobreza, que atacaba al 38,6% de la población en 1990, bajó al 13,7% en el 2006. Esto es, crecimiento con equidad. “Fuerzas del mercado y políticas sociales” –dice Lagos– hasta atreverse a afirmar: “Fuimos un alumno aventajado del Consenso de Washington”, que no maldijo, sino que supo explotar. Hoy en Chile, siete de cada diez jóvenes son universitarios y se lucha con denuedo por cerrar la brecha digital e invertir en ciencia y tecnología, pues en el conocimiento superior se dará la competencia del siglo XXI. “Tenemos que unir el mundo de la universidad con el de la empresa” (en vez de predicar, como aquí, la lucha de clases y el odio al rico) y “ganar en competitividad con un país pequeño, abierto al comercio mundial, donde el elemento dinamizador son las exportaciones…”, pues “la globalización avanza de manera imparable”. En fin, un país sin miedo y sin mezquindad, con una clase política educada y visionaria, donde el TLC, la apertura, la competitividad, la innovación y las políticas sociales conforman un todo, dispuesto a purgar de frente sus pecados políticos y a conquistar un lugar de honor en el mundo y en la historia. ¡Qué lección para el confuso consorcio académico-profesional-político-sindical de nuestro país, que se opone a todo y no propone nada!
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