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Opinión Eliseo Quesada equesada@nacion.com Periodista Cómo duele leer acerca de la muerte de un niño de 11 años en un estadio de futbol de Guayaquil, Ecuador, el domingo pasado. Uno no puede menos que transportar su mente hasta las tribunas del Estadio Monumental Isidro Romero y estremecerse al imaginarse lo que pasó en un palco de ese escenario, en plena celebración del clásico de ese puerto ecuatoriano. Una bengala, maldito objeto que supuestamente debería estar erradicado de los estadios, salió desde el sector general sur del escenario, donde se concentraba la “barra brava” del Barcelona, conocida como “Sur Oscura”, y se digirió hacia el sector en el que estaba el niño Carlos Cedeño. Para su mala suerte, el explosivo se le incrustó por la clavícula derecha y le llegó hasta el pulmón, provocándole una gran hemorragia que lo mató pocos minutos después. Imagínense qué tragedia, qué drama para una familia que quiso darle a su pequeño un rato de alegría, viendo posiblemente al equipo de sus amores. ¿Cómo es posible que aún haya gente en el mundo que lleve bengalas a los estadios? O es que no bastan las decenas de accidentes provocados por estos artefactos en medio de la disputa de juegos de futbol. Y pensar que aún hay quienes se quejan porque los revisan al entrar en los centros deportivos. Pero es que desgraciadamente es la única forma de prevenir que los irresponsables sigan provocando daños a personas inocentes, a aficionados que solo quieren disfrutar de su deporte favorito. ¿A qué van? Sin embargo, hay otros a quienes los impulsan otros motivos, otros que buscan la manera de burlar las leyes y a las autoridades como si eso fuera un deporte en sí mismo. Y ni se diga de aquellos que llevan en sus bolsos reprimidos deseos de destapar su frustración gritándole al árbitro, al equipo rival y a la barra contraria, en una vorágine de odio que ha venido marcando al futbol en los últimos años. Eso tiene que acabar. El deporte y el futbol no nacieron para complacer los desafueros de unos pocos que se sienten muy poderosos cuando actúan en manada. El futbol nació como espectáculo, como arte, como expresión de talento. Y es eso lo que la mayoría de la gente quiere ver cuando acude a un estadio. Hechos como los de Ecuador lo único que logran es que hayan más gradas vacías.
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