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EDITORIAL

Intolerancia y violencia

Las denuncias sobre agresiones físicas y verbales por el TLC revelan un grado peligroso de intolerancia
Los reiterados y calculados cuestionamientos sobre el TSE alimentan la violencia de los enemigos de la democracia


El presidente de la República, Óscar Arias, y los representantes de diversos sectores del país, en el campo político, religioso y económico, hicieron hincapié, durante los actos de celebración de la independencia nacional, en la preservación y fortalecimientos de los valores de la libertad y la paz. El respeto y entusiasmo con que se conmemoró esta efeméride en todo el país, particularmente en las instituciones educativas, avaló estos sentimientos y conceptos.

“Ninguna causa es tan importante –expresó el presidente Arias, en Cartago, el 14 de septiembre pasado– que amerite poner en riesgo nuestra libertad y nuestra democracia; ninguna noche, tan oscura que amerite abandonar nuestro respeto mutuo y nuestra serenidad”. En estas tres semanas anteriores al referendo del 7 de octubre próximo sobre el TLC, estas palabras y los mensajes, con igual sentido, provenientes de diversas entidades y dirigentes del país, adquieren un relieve particular. Nos referimos a dos aspectos especiales: la denuncia de algunos actos de agresión física, que rompen los valores de la tolerancia y del respeto, y la oportunidad de recordar la estrecha relación existente entre la paz y la democracia, exaltadas en estos días, y la institucionalidad democrática.

En cuanto a los actos de agresión física, estos han surgido con ocasión de un debate, en lugares privados, como un restaurante o un club, o bien de una manifestación pública. No estuvieron precedidos de amenazas o de palabras ofensivas. Más bien, tuvieron lugar en el marco de una discusión o a la vista de un grupo de manifestantes de signo contrario. Es decir, la agresión fue producto de la intolerancia pura y simple, del rechazo de quien mantenía puntos de vista diferentes. Y si una agresión de estas se produjo en un centro universitario público, la UNA, azuzada por administrativos, estudiantes y profesores, tal como se denunció ayer, la responsabilidad y la preocupación son mayores.

Debe tenerse en cuenta, asimismo, que estas agresiones físicas no están aisladas. Son la secuencia de un tipo de campaña que, por tres años, ha exaltado, contra toda razón, no el patriotismo, sino el patrioterismo, o que ha presentado el TLC, ideológicamente, como una invasión o un acto de vandalismo, cuyos cómplices serían los sectores favorables a este acuerdo comercial. Los últimos episodios de esta actitud se han confirmado en los insultos proferidos contra el presidente de la República, este 14 de septiembre pasado. Esta violencia verbal y física representa, a la vez, un rechazo de la institucionalidad democrática.

La libertad y la paz, los dos valores constitutivos de nuestra independencia, necesitan la estructura institucional democrática, su respeto y su ejercicio. Su proclamación real supone lo segundo. Debe ser, por ello, motivo de honda preocupación que la agresión verbal se haya dirigido también contra este valor esencial de la democracia. La Sala Constitucional y el TSE han sido los blancos preferidos de este ataque insistente, en el que han competido dos expresidentes de la República, profesionales y diversos dirigentes políticos. Duele comprobar que, en un país afamado por su madurez democrática, un sector haya llegado a estos extremos.

Esperamos que, ante los actos de violencia física denunciados, expresión de un alto grado de intolerancia y de irrespeto hacia las personas y hacia las instituciones, todos tomemos conciencia de la necesidad imperiosa de extirpar estas conductas y de acercarnos al 7 de octubre con respeto y espíritu de concordia.

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