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El otro crimen

La peor sentencia la lleva cada quien por dentro

Aixa Saborío
aixas@cacporternovelli.com
Periodista

No apareció en ningún barranco estrangulada, con su rostro marchito por el tiempo o las aves de rapiña, pero contra ella se ha cometido otro crimen. Quizás igual de atroz por estar siendo juzgada, con lujo de detalles, en el tribunal de la vida.

Como mujer y como profesional ya fue vilipendiada y pasará mucho tiempo para que sanen las heridas que más duelen, las del corazón y las del alma.

No pretendo acusar a nadie ni dictar sentencia. De qué vale, si la peor sentencia la lleva cada quien por dentro. Pero no puedo dejar pasar el tiempo sin expresar mi desacuerdo con las agresiones que de todo tipo han caído sobre la exfiscal ZulayRojas.

Para colmo de males, pesan sobre ella los estigmas que se manejan sobre las mujeres…“estás exaltada, paranoica, estresada, deprimida o histérica”. ¿Cuál persona, mujer u hombre, no cae en depresión cuando se ha jugado con su profesión, su honra y sus sentimientos… cuántas y cuántos no se han ilusionado o enamorado de locos, manipuladores con piel de oveja y comportamiento de felino?

Culpa, vergüenza, frustración. ¿Quién no puede llegar a sentir eso y más… si un simple amigo, un compañero, amante, esposo o hermano nos mete en semejante dicotomía de confesarnos un crimen?

Quienes conocen a Luis Fernando Burgos destacan su inteligencia y experiencia como abogado y defensor público. Entonces, ¿quién mejor que él sabía las consecuencias que su confesión traería a la exfiscal?

“La exfiscal entró en pánico, lo que la paralizó para tomar cualquier medida contra él”, declaró Gioconda Batres, su psiquiatra. Y yo me pregunto: ¿quién que haya vivido ese trance podría actuar de diferente manera, máxime cuando ha existido alguna complicidad sentimental y, añadiría, alguna relación de codependencia, manipulación y agresión, según los relatos en la corte?

¿Quién en realidad no se ha paralizado ante la confesión de un amor no correspondido, ante el terror de ver morir entre sus brazos a un ser querido o enfrentar a una bestia enfurecida? ¿Quién no ha pasado sus días y sus noches en vela, desasosiego o pesadillas ante una herida que no sana, un dolor que aún perdura o una tortura aún clavada en el único rincón que nadie nos conoce?

¿Cuál mortal no entraría en estrés o depresión, si sumamos a estos sentimientos y recovecos del alma, la vergüenza, el temor, la frustración y hasta la ira de ver nuestro ego vapuleado en los medios, los corrillos judiciales y el morbo de quienes siguen al pie de la letra la traginovela con confesiones que salpican a varias jerarquías? Porque no hay peor agresión que la de nuestro ser desnudado a mansalva.

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