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Opinión José Luis Rodríguez C. jorodriguez@nacion.com Periodista La semana anterior, cuando estuve dándole cobertura al partido que jugó la Selección Nacional de Futbol contra su similar de Canadá, tuve la oportunidad de visitar la CN Tower, que es la estructura más alta del mundo, con un total de 553 metros. Dicha estructura, ubicada en la hermosa ciudad de Toronto, fue construida en 1976 por la compañía Canadian National Railway, dedicada a los trenes. Aquella gigantesca armazón, que llama la atención a cientos de metros de distancia, se coloca al pie del estadio Rogers Centre, donde juegan los Azulejos, y es símbolo de orgullo para Canadá. Bueno, pues con el fin de no regresar a Costa Rica sin haber visitado una de las consideradas siete maravillas modernas del planeta, me subí al ascensor que viaja a unos 22 kilómetros por hora. Con mi tiquete tenía derecho a estar en el nivel conocido como: Piso de Observación Principal, donde está el Piso de Vidrio y la Plataforma de Observación Exterior. Estos lugares se ubican a 342 metros de altura, y anteceden al Horizons Café y la plataforma de Observación Interior, a 346 m, al restaurante 360 (351 m) y al Sky Pod, que es el observatorio más alto del mundo, a 447 m de altura. Y mientras estaba en aquel lugar, pensé en la Torre de Babel, la estructura mencionada en La Biblia que fue mandada a construir en Babilum (Babilonia o Babel) por Nemrod, quien fue el primero en ser rey tras el Diluvio. A diferencia de la CN Tower, que fue inaugurada en 1976, y cuya construcción reunió lo mejor de la tecnología moderna, aquella Torre de Babel se hizo con ladrillos –a falta de piedra– y betún –argamasa para unir los ladrillos–. Pero, la mayor diferencia que tiene la CN Tower con su mítica antecesora, es que no fue hecha para alcanzar el cielo, sino para que sus visitantes tengan otro punto de vista acerca del mundo. Mientras que aquellos empeñados en levantar la Torre de Babel pretendían no dejar que la humanidad se dispersara por toda la tierra, y con ello ir en contra de lo que quería Dios, los que hicieron la CN Tower buscaron que sus dos millones de habitantes anuales, en promedio, simplemente se deleitaran en ella y regresaran a casa. Aunque en algunos momentos sí tuve la dificultad del idioma –en Canadá se habla inglés o francés–, lo que también me recordó el castigo divino de las lenguas que cayó sobre Babel, estar en aquella hermosa e imponente estructura me hizo ver que Dios, como siempre me lo ha dicho mi padre, “antes de la acción se fija en la intención”.
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