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La nave de los tontos Rosibel Morera rosibelmorera@costarricense.cr Escritora Todo está vivo en el universo, se dice, y reacciona de parecida manera. La enfermedad señala que se rompió el equilibrio. Según este principio, este planeta, la madre Tierrita, está enfermo, y por ello se sacude, se desangra, se enfebrece, le duele. Guerra en las casas, en las calles, en el vecindario, en las transacciones comerciales, en el Medio Oriente. Casas y puentes arrasados, calles partidas por la correntada, carreteras convertidas en ríos torrentosos. En África, en Asia, en Europa, en América. A ninguna parte Entre tanto, la fiesta. La de comprar, la de ponerse senos, la del último grito de la moda tecnológica, la del estar cuidadosamente in. Todo mientras hace agua la nave en la que vamos, en medio de un océano de estrellas en el que, como isla, no arribaremos jamás a ninguna parte. Nave o isla, no hay otra adónde ir. Pocos, planetariamente, parecen entender lo que pasa, los ruidos subterráneos de la nave que se rompe. Que no hay tiempo. Que todo desacuerdo se vuelve estúpido cuando la muerte campea tan de cerca. Que no habrá economía que alcance si año tras año habrá que reparar las estructuras dañadas por inviernos cada vez más intensos. Que no habrá agricultura que sobrepase diluvios anuales como estos. Y que el odio manejado por siglos, el “yo te hiero con esto, tú me hieres con aquello, aún mejor, aún más potente, aún más sofisticado”, ni los salvará a ellos, ni a sus ideas, ni a nosotros. Bélica religión ¡Que ridículos, qué patéticos, suenan en este momento los discursos religiosos de la guerra, sus manidas prédicas de “mi Dios es el único verdadero, mi culto más apropiado que el tuyo, y para ganar méritos ante el Señor de la Misericordia te aparto, te segrego, te destruyo, te mato”. Locura, aberración, ceguera. Ignorancia embrutecida por las drogas, empoderada por dineros mal habidos y por la perversidad de armas terribles. Una gavilla de brutos enloquecidos conduce el barco. A la cabeza de la isla un cónclave de tontos y avariciosos toma las decisiones. Y ya se sabe que el tonto, el loco y el avaro prefieren morir que soltar el tesoro.
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