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Padre e hijo Jorge Woodbridge Viceministro de Economía, Industria y Comercio Es muy complicado conducir un hogar. Hoy más que nunca se necesita mucha claridad sobre los deberes y obligaciones de los hijos. Estamos perdiendo muchos valores que son básicos para luchar contra un mundo cada vez más hostil y globalizado. Nuestras vidas cada vez están más comprometidas con el trabajo. A los hijos no les estamos dedicando el tiempo necesario. Cada vez se rompen más los vínculos y todo está quedando desarticulado. Cada vez se desintegran más hogares. Las relaciones matrimoniales son cada vez más complicadas y duran menos. No es extraño ver a un hijo solitario y rebelde, cuando no ve armonía y entendimiento en su hogar. No extraña que la conducta de los hijos no sea abierta, franca y directa, si la hipocresía es común en la sociedad de hoy. No es extraño que se aparten de la religión si nosotros no practicamos la palabra de Dios. No es extraño que pierdan el rumbo si nosotros no los aconsejamos. No es extraño ver a un hijo introvertido si no le enseñamos el diálogo. No nos estamos preocupando por nuestros hijos. No es un problema de sermones, sino de ejemplo. No son los amigos, sino el clima moral que vivimos en el hogar. No es la escuela, sino las horas que “vivimos” con ellos. Amémoslos. Tenemos que aprender a escucharlos y ponerles atención. Tenemos que aprender a tomarlos de la mano, confiar, mirarlos, ser flexibles, halagarlos y aconsejarlos. Esperemos lo mejor de ellos, mas no su perfección. Apreciemos sus diferencias, pidámosles su opinión, disciplinémoslos, pero ante todo contestemos sus preguntas. Pidámosles disculpas si nos equivocamos. No seamos padres ausentes, no dejemos de amarlos. Hay que tener cuidado en las relaciones con nuestros hijos. El respeto lo tenemos que ganar. Las promesas debemos cumplirlas. No hagamos comparaciones odiosas. Dejémoslos volar por sí mismos y enseñémoslos siempre a hablar con la verdad. No les pidamos que hagan algo que nosotros no hacemos. Démosles importancia a todos los problemas que ellos nos presentan. Aprendamos a decir que los queremos. Abracémoslos. Ellos crecen. Nuestros hijos crecen sin darnos cuenta. Crecen sin pedirnos permiso. Crecen y muchos nos sentimos huérfanos. Pasó el tiempo del inglés, equitación, la natación y el ballet. Nuestros hijos pasan del asiento de atrás a conducir sus propias vidas, en un abrir y cerrar de ojos. Ya no los acompañamos a las fiestas. Ya no somos el centro de sus vidas. Ya no los dirigimos, los aceptamos. Ya les crecieron las alas. Ya maduraron. Miran la vida de frente y la vida se los lleva. Tienen un camino y quieren explorarlo. Nosotros los padres quedamos atrás, ellos son los exploradores. Tienen un mundo difícil si no les creamos buenas raíces, si no abonamos y nutrimos bien sus cimientos. Preocupémonos ahora por jugar con nuestros hijos mientras podamos. Compartamos con ellos, riamos y armemos rompecabezas juntos. Desconectemos la televisión y la computadora para sentarnos a dialogar. Aprendamos a besar a nuestros hijos. Aprendamos a decirles “te amo”. Hagamos entender a nuestros hijos que son únicos. Hagamos que nuestros hijos sean nuestros amigos, nuestros compañeros y nuestras vidas. Conozcámoslos antes de que crezcan. Ayudémoslos a superar los fracasos, enseñémosles a valorarse por lo que son y no por lo que tienen. Ayudémoslos a elegir su futuro y a trabajar por conseguirlo. Enseñémosles no solo a perdonar, sino también a pedir perdón. Enseñémosles a sentir a Dios. No nos olvidemos que inicialmente somos su guía. La tarea de ser padre no es fácil. Dios nos confirió esa responsabilidad y debemos cumplirla. No dejemos que sus vidas pasen sin que les demos el tiempo y el amor que necesitan. Ayudemos a nuestros hijos a recordar el pasado, pero soñar con el futuro sin desperdiciar el presente. Nuestros hijos crecerán y se independizarán y no debemos de dejar de decirles que los amamos. Ellos son el hoy y el futuro de nuestra patria. Guiémoslos.
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