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Opinión Roberto García H. rgarcia@nacion.com Periodista Se cuenta el milagro sin quemar al santo. Y aunque esta es una anécdota trivial, bien vale la discreción. Al menos eso es lo que me aconsejó el ángel guardián, en abierta oposición a ese diablillo que mientras escribía esta columna, no dejaba de puyar: “¡Decí quién fue, decí quién fue!” Ocurrió hace varios años. Nos encontrábamos en una cancha guanacasteca en la cobertura de la final de la Segunda División. Mi compañero Luis Castrillo estaba cerca de la banca del equipo visitante; yo a poca distancia de la zona técnica de los locales. De pronto, unos gruesos goterones comenzaron a caer y en un santiamén el diluvio se precipitó con violencia. Entonces, amablemente, el entrenador del equipo anfitrión, un conocido director técnico nacional, estudioso y experimentado, me indicó que podía ubicarme bajo el techito de la banca, donde él y sus futbolistas suplentes se encontraban apretujados. Claro que acepté el gentil ofrecimiento y me senté sobre la tapa de una hielera, dispuesto a seguir las incidencias del partido desde esa posición inmejorable, que me protegía del aguacero. Oro puro. Me percaté al instante de que, además, estaba en un sitio de privilegio. Nunca en mis largos años como cronista había tenido semejante oportunidad. Ahí, a la par del entrenador, escucharía de viva voz sus instrucciones, la tensión del momento, la manera cómo dirige un verdadero estratega, los gestos, las señas, el lenguaje cifrado, ¡en fin! “¡Caramba, esta será la gran crónica de mi carrera periodística!”, dije para mis adentros mientras me aseguraba de que la hielera soportara mi peso. Pero está de Dios que uno propone y Él dispone. En lo que restaba del juego, la única incidencia que viví al fin de cuentas, ¡como testigo de primer orden!, no me aportó mucho, que digamos, para cumplir la ansiada ilusión de la crónica intensa. El arquero local sacó hacia el costado. Uno de los jugadores corrió con la pelota dominada. “¡Vamos, vamos!” , le gritó a mi lado el director técnico, alentándolo a pisar el acelerador y a incursionar en el territorio del adversario. Sin embargo, con un torpe movimiento, el muchacho perdió fácilmente el control del balón, que se escapó por la línea lateral. Entonces, el avezado estratega (y personaje de mi crónica), levantó las manos, lanzó el grito al cielo y se afanó al gritar: “¡Qué hij%*&#*%# más malo!”.
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