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/LA NACIÓN

Un país poblado de sueños


Óscar Arias Sánchez
Presidente de la República

El pasado 14 de septiembre, los costarricenses volvimos a tomar el arado, volvimos a abrir surcos inmensos en el centro de nuestra historia, y a sembrar en ellos las semillas de la tolerancia, de la paz, de la libertad y de la democracia que, a lo largo de 186 años, han florecido en el fértil terreno de nuestras vidas.

Volvimos a recibir la antorcha, volvimos a iluminar con ella los pasos que damos como pueblo, las decisiones que juntos tenemos que adoptar, y la senda que nos debe conducir a una sociedad más próspera, más justa y más solidaria.

Volvimos a celebrar nuestra Independencia, volvimos a evocar aquellos momentos en que la noticia de nuestra decisión recorrió las calles de Cartago, en medio de sentimientos encontrados de temor y de esperanza, de ansiedad y de ilusión.

Imagino esas noches de septiembre de 1821. Imagino a un joven farolero que, montado sobre zancos de madera, enciende cada una de las luces de esa histórica ciudad. De farol en farol, de casa en casa, el farolero va anunciando la hora y el tiempo: “las seis y todo sereno”, “las ocho y todo sereno”, “las diez y todo sereno”.

186 años después, de nuevo a las ocho de una noche de septiembre en Costa Rica, no puede evitar preguntarme si estará todo sereno. Si la Costa Rica de siempre, la que ha atravesado las más difíciles situaciones como una sola tierra y un solo pueblo, logrará permanecer así.

No puede evitar preguntarme si las madres, cuya mayor angustia, sin lugar a dudas, es que seamos capaces de construir una Costa Rica de mayores oportunidades, para que sus hijos y sus hijas puedan formar un hogar, tener una vivienda y encontrar un empleo digno, verán esas oportunidades concretarse, como lo estamos haciendo.

No puede evitar preguntarme si los niños y jóvenes de nuestro país, que son la máxima prioridad de este Gobierno y la razón por la que trabajamos todos los días, heredarán de nosotros un país unido a pesar de las diferencias.

Creo que esa herencia será posible. Creo que ese futuro de unidad será posible. Creo que esta es una nación grande no por la ausencia de dificultades, sino por la forma en que las encaramos. Nada en nuestra historia nos indica que la vida soberana y democrática es siempre sencilla. Todo lo contrario, entraña constantes desafíos. Pero yo confío en que tendremos la madurez para aceptar que ningún momento es tan difícil, que amerite perder nuestra paz y nuestra tolerancia; ninguna causa tan importante, que amerite poner en riesgo nuestra libertad y nuestra democracia; ninguna noche tan oscura, que amerite abandonar nuestro respeto mutuo y nuestra serenidad.

El farolero sigue viviendo en el corazón de cada uno de los costarricenses. Montados sobre los zancos de nuestras ilusiones, vamos encendiendo una a una las luces de nuestros sueños. Tenemos que tener calma. Tenemos que guardar respeto. La noche no es tan larga y pronto, muy pronto, vendrá de nuevo la mañana. Tengamos fe en Costa Rica. En la de siempre, en la de todos los tiempos. Tengamos fe en Costa Rica. En la que han construido las madres con sus manos, y no los soldados con sus armas. Tengamos fe en Costa Rica. En su democracia y en su respeto a la opinión ajena; para que el próximo 7 de octubre, al ser la noche, podamos salir a la calle y gritar con todas nuestras fuerzas: “farolero, son las ocho y todo sigue sereno”.

En el recibimiento de la antorcha el viernes anterior, quise romper con una larga tradición que durante décadas ha acompañado a la celebración del 14 de septiembre: esa noche el presidente de la República no encendió el pebetero. Otros representantes del pueblo costarricense, que creo que merecían el privilegio, lo encendieron en nombre de todos nosotros: 8 atletas de nuestra Selección Olímpica, que competirán en los Juegos Especiales de Verano en Shanghái. Ellos encendieron la luz esa noche, para recordarnos la paz y la serenidad que siempre deben acompañarnos.

Gracias, muchachas y muchachos, por recordarnos que durante estos 186 años de existencia, no hemos sido un país perfecto, sino un país poblado de sueños, dispuesto a levantarse, dispuesto a superarse, dispuesto a enfrentarse a los molinos viejos y nuevos que la vida nos presenta. Un país dispuesto a nunca dejar de iluminar la luz de su propio farolero.

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