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Universidad y autocrítica


Laurencia Sáenz Benavides
laurenciasaenz@gmail.com


Desde una perspectiva filosófica el espíritu crítico es, primero, una actitud ante las cosas y ante la vida, la que inauguró el thaumazein (maravillarse) de los griegos, el sentimiento de asombro que nace al contemplar las cosas que están en el mundo y lo que en su seno acontece. Ese sentimiento de extrañeza, decían Platón y Aristóteles, está en la raíz de la experiencia primordial del pensamiento. En el asombro tomamos conciencia del mundo y de nosotros mismos. La toma de conciencia de una diferencia en ese maravillarse ante el mundo es la condición sin la que la actitud crítica no sería nunca capaz de aflorar. Crítica es también una palabra de origen griego: del verbo krinein , separar, dividir, es decir, introducir una diferencia, derivaron otros vocablos importantes para el ejercicio intelectual como crisis, criterio y discriminar.

El espíritu crítico, si bien germina en tierra de asombro como actitud primordial ante las cosas, se desarrolla como ejercicio. Es un esfuerzo y una lucha permanente, una de esas conquistas sin cesar reemprendidas. Pero ¿contra qué y contra quién se emprende la lucha? La lucha no es la que se emprende contra partidos políticos ni contra el poder presidencial ni contra determinados poderes supremos. La conquista no es la de una verdad absoluta con la que derrotar al adversario. La lucha es la del individuo contra sí mismo, y la conquista, siempre en ciernes, es, ante todo, una conquista sobre sí mismo.

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/LA NACIÓN

Crítica y autocrítica. Con esto queremos decir que no hay crítica que valga, ni mucho menos algo como el espíritu crítico, ahí donde se renuncia a un ejercicio de autocrítica, para el cual la duda y la consideración de la perspectiva antagonista son esenciales. Kant, quien definió a su propio siglo, el de la Ilustración, como “el siglo de la crítica”, la oponía al dogmatismo, es decir, al hecho de aceptar como verdadero o de tener por falso aquello que no ha sido sometido al examen riguroso de la razón, o sea que no ha sido examinado en sus fundamentos esenciales y es aceptado sin ser cuestionado como una evidencia. La crítica apunta así hacia el examen riguroso de lo que está en el fundamento, en el origen de las cosas (creencias, dogmas, teorías o prácticas). Ninguna autoridad, decía nuestro filósofo, debería sentirse en derecho de ser eximida de este examen.

Se vislumbra así por qué no hay verdadera crítica de las cosas si no hay ejercicio de la autocrítica: es que examinar las cosas en sus fundamentos presupone examinar el propio fundamento, a partir del cual pretendo examinar las cosas. ¿Quién soy y a partir de qué posición y situación estoy juzgando una cosa, un acto o una persona? Si no someto a la criba del juicio mi propia posición de juez, entonces mi juicio corre el riesgo de sustentarse en bases falsas o insuficientes para autorizarme a juzgar y de conducirme, por consiguiente, a sostener posiciones erróneas y arbitrarias, pues no han sido objeto de un auténtico esfuerzo de justificación en sus pretensiones.

Universidad y espíritu crítico. Una de las misiones de la Universidad –acaso la suya esencial, la que se debería privilegiar por encima de cualquier militantismo político– es contribuir a la formación del espíritu crítico del ciudadano, y allende el ciudadano, del ser humano. Así, la Universidad debe ser capaz de albergar dentro de su crisol académico la más grande diversidad de ideas, análisis, opiniones, sobre todo para emprender la primera de sus labores, y que es condición de todas las demás: la reflexión crítica sobre sí misma. El espíritu crítico de la Universidad se prepara, primero, acogiendo en su seno la polémica de la Universidad contra sí misma, por medio del debate plural entre académicos de diferentes proveniencias y afiliaciones.

Preocupa en ese sentido que se justifique el carácter unilateral de numerosas conferencias convocadas por los consejos universitarios de las universidades estatales arguyendo que la Universidad “equilibra” de esa manera la asimetría que se ve en los medios de comunicación entre las posiciones adversas y favorables al TLC, o que su tarea consiste en militar contra un proyecto de interés nacional.

La Universidad debe ser una ventana a través de la que se pueda acceder a la diversidad del mundo, y, ni siquiera por tiempos de crisis nacional como la que se vive en este momento, se justifica el hecho de hacer de la institución universitaria un “contrapeso” o “contrapoder” político y utilizarla como blasón para el militantismo. Eso es limitar considerablemente las posibilidades de una verdadera contribución a la formación del espíritu crítico. Más grave aún, el hecho de cerrar las posibilidades para un debate que le permita a la Universidad acceder a la autocrítica es reunir todos los elementos para que el dogmatismo, el fanatismo y la intolerancia envilezcan la tarea de la institución universitaria.

Solo desarrollando su espíritu crítico puede el ser humano llegar a ser autor, es decir, a ser capaz de iniciar algo a partir de sí mismo: ser autor es autorizarse a juzgar y, de esa manera, a inscribir en el mundo su voz singular. Mantener una actitud crítica ante la vida por medio del ejercicio del juicio y de la duda permanente, que Descartes erigió en principio del método científico, es poseer un tesoro de inestimable valor: el que permite ser autor de su vida y no imitador de la de los demás; el que impide ser manipulado por propósitos y voluntades ajenos y conducir su vida en libertad.

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