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Comentario del Evangelio: ¡Que murmuren!



Lucas nos pone este domingo delante de una verdadera buena nueva dentro del Evangelio: la certeza de lo grande que es la misericordia de Dios para con los pecadores, alejados o excluidos.

Dos pequeñas parábolas siguen al cuestionamiento que fariseos y letrados hacen a Jesús por hacerse rodear de publicanos y pecadores. Es más, por acoger y compartir hasta la mesa con los hombres y mujeres que resultaban ser mal vistos por la sociedad de su tiempo.

Como era muy común en el Señor y aquí queda bien claro, procedía optando por las personas y ello, normalmente, sin atender demasiado las maneras consideradas “correctas” en ese momento.

Empezamos con la parábola de la oveja perdida.

Mientras Mateo subrayará en ella la idea de buscar, Lucas se centra en otro tópico: la alegría de encontrar.

En el relato que hace Jesús se nos muestra un pastor que, debido a la imposibilidad de que la oveja perdida se anime a caminar de vuelta, la carga sobre sus hombros, la conduce a donde está el rebaño y finalmente, se anima a celebrar con los suyos el hallazgo.

La segunda parábola es la de la moneda perdida. Un texto –importante detalle- que sólo aparece en el evangelio de Lucas. Este relato plantea una cuestión equivalente a la que aparece en la anterior parábola y centra su atención en una mujer pobre que pierde una de sus monedas. Al igual que ocurre con el pastor, esta mujer busca, barre, se da a la tarea de localizar –en el contexto de una pequeña habitación oscura- la moneda extraviada hasta que da con ella.

¿El resultado final de la búsqueda del pastor y de la mujer? Alegría. ¿Consecuencia que desea extraer Jesús? Que ha venido, ante todo, para atraer a los alejados.

¿Y para nuestra vida personal? Pues me parece que es sencillo extraer consecuencias en este Día del Señor: primero, en caso de que nos consideremos mujeres u hombres alejados o perdidos, dejarnos encontrar por la vía de la conversión. Y en segundo lugar, en el caso de que nos consideremos amigos de Dios, hoy día nos hemos de sentir profundamente invitados a ser luz para los demás, acogedores con los extraviados, urgidos por abrazar a los perdidos, animosos de cara a suscitar conversiones desde un testimonio diario alegre y animado por el apostolado parroquial, grupal o de algún movimiento al que pertenezcamos.

Hay que ser como el Maestro. A eso estamos llamados, máxime en estas épocas de éxodo de tantos en occidente hacia la incredulidad, la indiferencia e incluso, hacia formas alarmantes de neopaganismo.

Pbro. Mauricio Víquez Lizano

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